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Es mejor decir adiós e intentar mañana

      Como una insoportable hemorragia, las lágrimas brotaban de su mirada cansada, achinada por el amanecer, casi perdida; el pelo desarreglado, la pintura corrida, los gestos lastimados, los ojos hirviendo. Preferiría calmar su estado insoportable, aunque realmente nada más le importaba ahora. Sólo necesitaba escuchar palabras dulces de promesas firmes, pero comenzaba a perder las esperanzas una vez más.

      Ella conocía qué habría al final del camino, no había otra alternativa, otra vez le tocaba perder. Con lo último que tenía, lo miraba firme a los ojos para que sólo salieran de su boca realidades, su mirada no lo deja mentir. Pero las palabras que escuchaba eran verdades de la razón que el corazón no entiende, que a ella no le servían. Era como una sentencia en su contra que no quería oír. Es que ya había pasado por situaciones similares, ya había sufrido el doloroso proceso de intentar olvidarlo un tiempo atrás. No quería volver a juntar los pedacitos de corazón dispersos y desgastados, porque sin él su reconstrucción no estaría completa.

      Y él la mira, a veces a los ojos, le limpia las lágrimas, luego la mira a las manos. Pero no se entregó a ella como soñaba escuchar. Entonces, como un diario que toca las llamas, ella se empieza a quemar por dentro, sin saber qué hacer, en quién pensar mañana cuando se levante, a quién imaginar mientras duerme, con quién proyectar un futuro, si él no está.

      Que la quiera como ella desea es su única obsesión, desgastante y perturbadora. Es adicta a su presencia, amante de sus maneras, estudiosa de sus intereses y enferma de su amor. Pero así no puedo seguir, se despide esta vez ella. Con tus reglas no puedo seguir jugando, fue lo último que le dijo antes de cerrar la puerta del auto y empezar a cerrar la de su corazón.

 

© Fabricio Cardelli
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