Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La republica

Es sinceramente lo que recuerdo con más emoción de aquel día y así lo he expresado en más de una ocasión, cuando en tertulias se trata el tema, o como respuesta a la pregunta de algún periodista intentando ahondar en mi parecer en aquel año, en aquel día del cambio de régimen.

Todo estaba dispuesto para ello. Se había concretado un paro nacional. No había que estudiar, era lo que pensábamos muchos a nuestra edad. Con quince años la única importancia o relevancia que se presenta es la asistencia a clase con sus consabidos suplementos, la insuficiencia de tiempo que siempre se predispone para estar con los amigos, para estar con el grupo. Esas eran las bases, así como, adueñarse del cariño, del sentimiento de la más bella de clase, que en aquel tiempo lo era para mi Isabel. Aunque yo en mi distancia, nunca le di a conocer dicha pasión. Se sentaba dos mesas más allá de donde yo lo hacia en el colegio, mientras yo la observaba, deleitándome con sus gestos, con su voz, con su belleza, en ese secreto de mi amor que nunca le revelé.

La paralización se conformaba en las calles con innumerables manifestaciones. Había muestras de entusiasmo que se denotan en los saludos enunciados a las nuevas autoridades. Las diferentes emisoras de radio que se escuchaban en aquellos instantes confirmaban la misma actividad, el mismo frenesí en otras poblaciones. Los comercios, las oficinas, los bares, los restaurantes permanecían cerrados, y sus dueños y trabajadores se hallaban en la calle. Los taxistas y los transportistas también estaban.

Se había impuesto durante muchos meses, en las diferentes federaciones obreras como principio para erradicar las ideas dictatoriales del antiguo régimen, y como planteamiento a la nueva ideología ciertas medidas liberalizadores donde su finalidad más explicita consistía en la no subestimación del obrero por el patrón en lo percibido como jornal. En la dictadura el patrón había pagado al trabajador lo que había querido. Por uno u otro motivo nunca se equiparó al verdadero trabajo del obrero con lo que recibía por ello. Todo esto lo supe muchos años después, no en aquellos momentos.

La manifestación se vislumbraba inmensa, infinita en toda la avenida. La vista no alcanzaba el término, pero si las cabezas de la muchedumbre y su júbilo adornaban la vista de cualquier ojo, cualquier mirada que echará un vistazo. Sin embargo allá a lo lejos se distinguía el muelle, o bueno, diferentes velas, de supuestos diferentes barcos, que hacían presagiar la situación del atracadero. Estaba lleno con los pescadores y los marineros en tierra celebrándolo también, participando de la algarabía.

Y aunque es realmente, como he dicho al principio, lo que evoco hoy en día con más emoción de aquellos días, solo fue mi propio sentimiento el que individualmente lo percibió así. Nos habíamos encontrado los de la pandilla con Isabel en aquel tumulto, y en la distancia ella entre la gente se apresuró a llegar hasta nosotros con sus consabidos impedimentos. Fue en ese preciso momento y en la euforia de la celebración cuando me abrazo, y sentí sus labios en mi mejilla.

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Los ojos que ya no ríen

Sus ojos desgarraban un dolor acumulado por el destino, mientras miraba a través de la ventana del hospital. Todos podrían observar en la curiosidad desde otra mirada en la semblanza de ella la ausencia pasada de una alegría que desafiaba una añoranza para unos ojos que ya no ríen desde hace tiempo.

Es difícil desde tan oscuro estado de animo congelado por el tiempo y agravado en la indecencia de los sucesos que transcurren, contemplar el tiempo que se vislumbra fuera. No es extraño desvincular en ese estado, ahogada por la rutina de la incertidumbre, la existencia de cualquier divinidad por encima del ser humano. Se devalúa cualquier posibilidad de un mundo augurado fuera del ambiente terrenal, o al contrario se limita todo a una existencia en otra parte, diluido solo por la esperanza. Puede nacer en ese lado contrario, una cotidiana impresión como último lamento para el deseo de la creencia de alguna solución. Todo ello en la base de proponerse desde sí misma, para sí misma, en la intención siempre estimada de que esa propia divinidad escuche su interior y las palabras que por allí pasean, susurran en forma de ruegos y cambalaches. Cambalaches que proponen, indagan, sugieren promesas, juramentos, ofrecimientos, como moneda de cambio para evadir el sufrimiento de aquel particular todo.

Dos mujeres que cruzan por el pasillo de aquel hospital, indagando, informando en la curiosidad de procurar saberlo todo de todos (culpables o no por ello) no evitan asomarse en la puerta de la habitación. Su procuración no difiere el limite de la puerta, impresionadas, diluyen un gesto de compasión con la cabeza, a la vez, que revientan el ambiente haciendo nacer la conversación, y en ellas, interrogaciones que surgen como prioridad para apoyar la razón de la disculpa, que aminore el dolor, sin deducir que no existe opinión, circunstancia, alegato que amortigüe el padecimiento. No en los protagonistas más directos. Las dos mujeres abandonan la habitación, a la vez que puntualizan pequeñeces, referencias, ideologías, hechos imaginarios que acontecerían ellas bajo el drama de algo parecido que pudiera sucederles. Evocan el heroísmo de su propia actitud con la desvinculación, o mejor dicho, la vinculación solo ilusoria del hecho. La eventualidad queda en este hecho en otro lugar, en la parte de fuera, del entorno, del ambiente, de las dos mujeres y su alegoría, solo es producto de la absurda presunción de la actitud.

La compasión llega desde muchos sitios hacía aquella semblanza que ya no despierta, desmotivada por los fracasos esperanzadores que le han dictado durante tanto tiempo. Pero esa compasión que llega desde todos los lados es en parte hipócrita, se desboca complaciendo la sensación de un instante que parece dramático e inacabable y que luego vuela al distanciarse. Ella no desea la compasión, no la quiere, solo disfrutaría en el final de un ahogo que asesina en el interior poco a poco su presencia. A veces acabar con todo sería una opción cautivadora y agradable, eso comentan sus ojos en este instante cuando distrae su semblanza en dirección a la ventana huyendo por segundos del dolor, o eso por lo menos intenta. El dolor convivido con ella durante tan largas épocas no se distrae, quizás se le pueda mentir pero aún asi, la realidad vuelve a promocionar un estado de angustia e insatisfacción que memoriza el instante. No se puede entender aunque se intente el grado máximo de inexistencia física y moral al que arrastra el dolor. Comprenderlo es entrar en la máxima existencia del origen con todos sus pequeños recovecos y suspicacias, pero no entrar para probarlo. Nunca se desea, de verdad, la entrada en ese dolor sino su salida. Esa aclimatación solo se absorbe en la rutinaria consecuencia de todos los días.

Un abuelo aparece en la habitación de la entrada, el paso cansado desfallece, más cuando la angustia propone la iluminación en la estancia. Todo parece estar, pero sin relativa importancia. La presencia del contenido del cuarto, tanto objetos materiales, como personas recurren a su existencia sin ninguna otra ideología, motivo que el propio casual de existir. La esperanza, la ilusión razona en una mentira, que a veces, durante debilidades en los que se vuelve a soñar, adquieren característica de algo deseado y contienen la alegría a punto de explotar. Aunque con toda seguridad luego acabe derramada en el suelo de la importancia.

El abuelo observa y parece no entender. Los años, el tiempo que ha tramitado en tal largo periodo dicha resolución, le deberían haber constatado una costumbre o rutina sentimental, para no relatar de nuevo en su interior dicha impresión, pero el hábito de la desgracia, dolor, parece nunca acomodarse, aunque el desgarro en la profundidad interna del particular despedace gran parte del mosaico existencia de la vida. Su memoria no recuerda un espacio en algún periodo anual, diario, mensual donde el desastre no hubiera propuesto ya su comentario. La desgracia irrumpió indirectamente en su existencia, cuando la madurez ya había prolongado la prorroga, pero en esa memoria que acoge todo el pasado, rebusca, investiga sin encontrar un antes una posición que ignore dicho evento.

Una madre cansada de esperar, esperar sabiendo que nada ni nadie llegará para dar la solución, arreglar o calmar el dolor, solo promesas, intenciones de hacer menor el padecimiento, pero siempre en la espera, es lo único que la actitud puede realizar. Y en esa espera, se acerca a la ventana, y descubre que noviembre ya ha llegado, la lluvia hace intención de presentarse con las primeras gotas que ya lo mojan todo. Más abajo en la calle, la gente corre de un lugar para otro, intentando no absorber dichas gotas. Hay un olvido, una ignorancia por parte de dicha madre en el año ubicado para dicho noviembre y aún así, solo este está definido de un modo casual, la lluvia, la temperatura le hacen presagiar el nombre de dicho mes. La particularidad de la desdicha que encumbrado todo el contenido de su vida, aparta, arrincona toda perspectiva de lo que fuere se produce. No se intuye nada o si se intuye, no hay ganas, ni procuración de hacerlo. La observación sigue conducida a través de la ventana, y se vislumbra a un niño, apresurarse por la calle, pisando charcos con la intención de mojar a otros peatones que por allí caminaban, y a una mujer, supuestamente su madre, que le reitera una y otra vez, a gritos, la no realización de dicho acto.

Nadie para hablar de esa inexistencia como la protagonista de lo que a la mayoría nos parece una irrealidad, algo lejana. Esta configuración de la "ausencia de risa" de unos ojos azules, es la configuración curiosa desde fuera, siempre desde fuera, desde una mirada observadora que le dio por curiosear, y encontró el dolor en su propia esencia sin querer, o queriendo para luego transcribirlo en papel. ... Es la habitación 32, de un hospital cualquiera, en una ciudad cualquiera, una madre con la semblanza alejada de no estar allí, pero estando en la infinidad del tiempo, vislumbra en la cama a su hijo, un discapacitado físico y psíquicamente... y a veces con un pequeño peine, lo pasa por la cabeza llena y alborotada de pelos del muchacho, que descansa en la cama, para esconder, o quizás simplemente para distraer el dolor, mientras el abuelo contempla los ojos que ya no ríen en la madre, su hija...

© Andrés Expósito