Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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In Memoriam
Texto de Oscar Prada

Estoy ante la tarea más difícil de mi vida, la que con gusto cedería a alguien con más talento y menos pesadumbre que yo, si pudiera hacerlo. Pero tú sabes que no hay nadie más indicado para llevarla a cabo, pues soy quién mejor te ha conocido, la única persona que puede describir como fuiste, como viviste, como amaste…porque desde aquella niñez compartida en nuestra Estonia natal ya te amaba, tal como lo he hecho hasta el mismo día de hoy, en que me toca despedirte con este discurso que me cuesta tanto escribir, pues la congoja se me hace un nudo en la garganta al recordarte.

Y a pesar de haberte conocido tan bien, de saber todos tus secretos y de poseer la clave de tus sentimientos más profundos, me es ardua la misión pues mi escribir está condicionado por las reglas de la moral y de las buenas costumbres. Como si fuese un ejercicio literario, debo describirte sin poder decirlo todo y pintarte con pinceladas gruesas que no dejen entrever lo que hubo en el fondo de tu alma. Pero, por sobre todas las cosas, no debo dejar que a través de mi discurso se adviertan los verdaderos sentimientos que nos unían. Para ti es fácil ahora, pues te llevas el secreto contigo y me dejas a mi todo el lastre de recuerdos y culpas; es el precio que debo pagar por vivir unos años más.

Por eso debo callarme la verdad y decir sólo aquello que la gente quiera oír. Porque, ¿cómo podría yo contarles de nuestros juegos infantiles, por ejemplo? Sí, amada Liidia, aún perduran en mi memoria aquellas travesuras donde aprendíamos a conocer juntos el placer de caricias y besos furtivos en el granero de tu casa. De inmediato me sorprenden también los recuerdos de aquellos veranos en que las frías aguas del Báltico refrescaban nuestros acalorados cuerpos desnudos y como, después del baño, nos recostábamos a secarnos bajo el radiante sol de julio sobre aquella roca suave y con forma de vientre de mujer, y que mientras la brisa costera o la sombra de una nube sin rumbo nos erizaba la piel, con las manos explorábamos los recovecos y promontorios de nuestros cuerpos con juvenil avidez. Pero éso nunca lo podré decir.

Quizás podría contar algo de los años de la Gran Guerra, de tu altruismo y de tu maravilloso desempeño como enfermera en el hospital donde volvimos a encontrarnos, gracias a una herida fortuita que me envenenó la sangre. Fortuita, sí, porque me llevó a tu lado para que me salvaras. Podría agregar que gracias a que donaste tu sangre para la transfusión es que aún vivo y que lamento no haber podido hacer lo mismo por ti, pues no había ya transfusión que te salvara y al llegar a esta edad no vale la pena intentarlo siquiera. Pero jamás podría contar como tus manos calmaban la fiebre de mi sexo, por debajo de las sábanas, las noches en que quedabas de guardia.

Sería inevitable mencionar nuestra huida a Suecia en la bodega de aquel barco pesquero junto a otros compatriotas y el riesgo grande que corrimos durante el viaje en una tormentosa noche de otoño. Recordaría también como tratabas de calmarnos con tus canciones y tus historias aprendidas cuando niña de boca de tu abuela. Qué habrá sido de ellos, los que viajaron con nosotros esa noche? Nunca más los vimos, sólo tú y yo seguimos juntos por la vida, inseparables a pesar de todo y de todos.

Ni siquiera podría darme el gusto de describirte físicamente sin que los asistentes se molesten. Qué habría de malo en retratar, por ejemplo, la blancura de tu piel o el rosado de tus pezones? O la redondez de tu trasero, firme y liso hasta no hace mucho, cuando la enfermedad te empezó a consumir y quedaste convertida en un fantasma cuya imagen deseo borrar de mi mente. Qué pasaría si les contase del placer que me causaba el besar tu vientre hinchado por el embarazo, tus axilas o tus pies? Cuántas de tus amigas se desvanecerían? Disculpa, pero me causa mucha gracia el imaginármelo…y caigo, sin quererlo, en el recuerdo de tu sonrisa y de tus labios finos y de tus ojos grises que ya no me mirarán más.

Dime amada mía, qué podría yo escribir hoy que se comparase a todo esto pero que no causara una gran conmoción, que no lo hiciera sentirse mal a tu marido, cuya amistad no quiero perder, ni que tus hijos te perdiesen el respeto por haberme amado a escondidas del mundo, ni que nuestro amor se convirtiese en comidilla de mujeres envidiosas por no haber sentido jamás algo igual!

Duerme en paz, querida amiga y amante, que nuestro secreto quedará encerrado en estas dos páginas que el fuego pronto deshacerán. Sólo quería escribirlo una vez, para desahogarme y evitar la tentación de contarlo todo mañana, cuando la tierra del Cementerio del Bosque ya haya cubierto tu ataúd y mi voz temblorosa te dedique las últimas palabras.

Tu amiga y amante de siempre,
Ana-Leena.

© Oscar Prada