Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El elixir de tía Ruth

Ruth Pineda tenía fama de bruja. Muchas personas en el barrio afirmaban - con un convencimiento absoluto - que practicaba el vudú y que invocaba a los muertos. Incluso algunos vecinos aseguraban que dormía durante el día en un ataúd.

-         Sé que hay historias locas que cuentan por ahí sobre mi tía... - le decía Mariela  a Julio, paseando de la mano por el Rosedal, una tarde de otoño fresca y soleada.

-         He oído algunos rumores. Parece ser que no es la típica ancianita que por las tardes toma el té con buñuelitos de anís y teje calcetines para los pobres de la parroquia...

-         ¿Ancianita... ? Si ella te escucha, te mata.

De su boca se escapó una risa musical, envolvente, adulta. Muchas veces a Julio le parecía que ella era mayor de lo que aparentaba, no porque su físico de mujer apenas salida de la adolescencia delatara artificios - era una rubia esbelta, espigada, de opulentos pechos y firmes caderas - sino por algunas actitudes que proporcionaban a sus gestos y palabras la idea de un profundo conocimiento de las cosas. Eso la hacía diferente, fascinantemente distinta.

-         Ella es la única familia que tengo. Lo poco que sé, se lo debo. Y es verdad: quizás es un poco... distinta del resto de la gente. Algunos de sus gustos y manías son algo extravagantes... pero es una persona encantadora.

-         Si se parece un poco a ti, no tengo dudas.

Se besaron con un dejo de ternura que hacía juego con el ambiente, y el profundo olor de las rosas los envolvió en un abrazo embriagador.

-         ¿Porqué no vienes a cenar esta noche con nosotras? Así tendrás oportunidad de conocerla y juzgar por ti mismo.

-         Acepto con la condición de que en el menú estés incluida...

La atrajo con su brazo, y su mano se perdió en la espalda de la mujer, bajo su ropa. Ella se dejó hacer, divertida, hasta que sintió que esa mano bajaba hasta hurgar en el final de su espalda, amenazando ir más allá.

-         Si seguimos... le daremos un espectáculo gratuito a los viejitos que vienen caminando ahí. - murmuró, separándose de Julio con un elegante ademán. -Ahora me voy - dijo - Te espero en lo de tía Ruth a las nueve y.. quién sabe... quizás el postre seas vos...

A las nueve en punto Julio tocó el timbre del caserón de Ruth Pineda. Quedaba a pocas cuadras del Rosedal. En alguna época había sido una mansión ostentosa, como las que abundan en la zona. Grandes jardínes que la circundan, árboles por doquier, paredes y ventanas señoriales, de estilos que la moda ha olvidado, pero que mantienen intactos el porte y la elegancia.

La de tía Ruth se erguía en el fondo de un jardín cubierto de hojas amarillas. Un indescriptible aroma surgía de todos los rincones, como si las flores marchitas, las hojas secas y los árboles, algunos desnudos, se hubieran puesto de acuerdo en darle la bienvenida al intruso.

-         ¿Es usted, Julio?

La voz que surgió del otro lado de la puerta era demasiado melodiosa y vibrante, totalmente distinta a la imagen que Julio se había formado de tía Ruth. Cuando ella abrió para invitarlo a pasar, él no pudo disimular la sorpresa.

La presencia de esa mujer irradiaba demasiada luz. Ruth Pineda era alta, de porte orgulloso, y su pelo del color del bronce bruñido flotaba alrededor de sus hombros. Su piel, blanca y tersa como la de una adolescente, no parecía tener ni una sola arruga que enturbiara su perfección. Vestía un traje de noche negro con ribetes dorados, ceñido a todo su cuerpo como una segunda piel, con una sutil abertura a la altura del torso, dejando adivinar la curva que guiaba el camino hacia sus caderas. Quizás lo que más impactó a Julio, junto a su abrumadora belleza y elegancia, fue el parecido tan asombroso que tenía con Mariela. Podía haberla confundido con su hermana mayor. Si la costumbre familiar es la de envejecer así, hacerlo con Mariela al lado iba a ser un placer, pensó.

Cuando Julio logró recuperarse un poco de su inicial confusión, se dio cuenta que ella estaba hablando.

-         Le ruego que sepa disculpar a mi sobrina, pero hace un ratito me avisó que se le complicaron algunas cosas y que va a llegar un poco tarde.

-         ¡Oh! Bueno, en ese caso, no sé si deba esperarla o volver más tarde... - balbuceó contrariado.

-         Para mí sería un verdadero placer si accede a cenar conmigo mientras ambos la esperamos. ¿Acepta? - Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

-         Encantado...

-         ¡Muy bien! - Una chispa maliciosa bailoteó en lo profundo de sus ojos. Lo tomó por el brazo, guiándolo al comedor. Julio sintió como si una sacudida eléctrica surgiera de la mano femenina.

-         He preparado una antigua receta de la familia, a base de carne de cordero, que estoy segura que a usted le gustará también.

Tomaron asiento en una larga mesa ovalada, uno frente al otro. Julio observó que los cubiertos y platos estaban provistos para dos. Disfrutando de la excelente comida, acompañada con un vino de estación sumamente suave y envolvente, y fascinado con la conversación de tía Ruth, no tardó en descubrir que el aura de atracción salvaje y sensual que la envolvía era tan potente, que cuando ella se levantó y pasó detrás de él para ir a la cocina, rozó suavemente la espalda de Julio con su cadera, produciéndole un espasmo de puro e intenso placer que le corrió por todo el cuerpo.

Aprovechando la pausa y su momentánea ausencia, observó a su alrededor, descubriendo los extraños gustos decorativos de su anfitriona. Al igual que su jardín, algo de salvaje había en esa colección de objetos aparentemente inconexos que adornaban el comedor. Pequeñas tallas de madera, otras de marfil, representando animales de especies no conocidas, frutas talladas en piedra, máscaras y jarrones con escenas de explícito erotismo poblaban el piso alfombrado de arabescos y las repisas iluminadas con velas de colores rojos y amarillentos.

Algunos cuadros adornaban las paredes, sobresaliendo dos en especial. Dentro de un marco de madera repujada, pintada en oro, una extraña escena marina cubría el lienzo. Una embarcación se debatía en medio de una terrible tormenta y las olas ciclópeas amenazaban con hundirla. El pintor de mano genial había logrado un efecto desconcertante en su obra, pues vista desde un ángulo opuesto al que tenía Julio inicialmente, parecía ser el retrato de una mujer de subyugante belleza. Al descubrir esto, un estremecimiento lo sacudió.

Se acercó al otro cuadro y reconoció una antigua litografía de Goya, que representaba a un grupo de espantosas brujas bailando en una exuberante orgía con el Diablo, representado por un inmenso macho cabrío.

-         Son mis parientes... - dijo tía Ruth, portando una bandeja con una jarra de humeante café, dos tacitas de porcelana y un azucarero.

-         Me  estaba fijando en la colección de  objetos que tiene usted aquí.

-         Interesantes, ¿verdad? Todos, de alguna forma, están conectados conmigo, como surgidos de mi propia persona. Aquel cuadro, que es el retrato de una mujer muy querida por mí, lo pinté hace muchos años...

-         Hubiera jurado inicialmente que era la escena de una tormenta en alta mar - interrumpió Julio, casi hablando consigo mismo.

-         Usted es muy sensitivo. No solo vió su rostro, sino también su alma. Eso dice cosas muy buenas de su persona.

-         ¿Es usted pintora?

-         Aparte de bruja, sí, pinto de vez en cuando... Supongo que habrá escuchado por ahí algunas historias y rumores un tanto extraños sobre mí.

-         Pues sí, cuentan cosas bastante raras. - Julio sonrió para hacerle saber que no creía en esas tonterías.

-         Algunas de esas cosas que dicen son totalmente ciertas - dijo tía Ruth con tranquilidad, sirviendo café en las tacitas. - ¿Azúcar?

-         Eh... sí, dos, por favor... ¿Quiere decir que es una bruja de verdad? No he visto ninguna escoba por aquí.

-         No me especializo en volar... El campo de lo oculto es tan extenso y variado, que intentar abarcarlo todo no vale la pena. Es mejor dominar un arte que querer inútilmente dominarlos a todos.

Julio se inclinó hacia delante  y acarició con sus ojos aquellos generosos senos que amenazaban con escapar de la prisión del vestido.

-         ¿Y cual es su especialidad?

-         Yo preparo el elixir de la vida.

Esperó a que siguiera hablando, pero tía Ruth guardó silencio, sorbiendo el café sin apartar los ojos de él.

-         ¿Se refiere a una bebida que permita vivir eternamente a quien la beba?

-         Básicamente... sí, esa es la idea.

El acento de intimidad que impregnaba la voz de la mujer le produjo un levísimo mareo. El fuerte olor de un perfume indefinido que rodeaba como una áurea el cuerpo de tía Ruth también se le estaba subiendo a la cabeza, como un hechizo sutil y embriagador.

-         Cuénteme algo más de ese elixir.

-         Es una bebida que ha estado circulando dentro de nuestra hermandad por muchos siglos, tantos que escapan a la memoria del tiempo. Los más antiguos pueblos de Asia Menor ya la usaban en sus ceremonias. Los druidas del norte de las Islas Británicas también tenían conocimiento de su existencia. Incluso algunas tribus aborígenes de América usaban una fórmula básicamente igual en sus ritos de iniciación y fertilidad. Depende de qué elementos se tenga a mano para su preparación y cuáles espíritus se invoquen al beberla, el resultado puede ser efectivo o no. Mezclado con unas hierbas puede servir sólo para rejuvenecer la piel o como droga para ayudar a llegar al éxtasis sexual... en fin, son infinitas las posibilidades que el elixir puede brindar a quien usa de él en buenos términos.

Paulatinamente había ido bajando el tono de su voz, hasta convertirla en un suave susurro, que lo obligó a prestar mayor atención al movimiento de sus labios. Estaban sentados cara a cara en el sofá tan cerca el uno del otro, que casi podía percibir los acelerados latidos de su corazón.

-         ¿Y puede alargar la vida de alguien con esa bebida?

Julio luchaba contra su natural incredulidad. Por más que su razón le indicaba que todo aquello no era sino un cuento para niños y que tía Ruth posiblemente no anduviera del todo bien de la cabeza, algo del impresionante magnetismo de su persona lo estaba hipnotizando, a tal punto que deseó que Mariela tardara lo más posible para no interrumpir la magia de ese momento.

-         No es tan difícil. Existe una muy antigua fórmula usada por las hechiceras del norte de Europa desde hace centurias, que ha pasado de generación en generación sin haber sido modificada.

-         Me interesa saber...

-         Pues, le diré que mis parientes no eran, cómo decirlo... ,   demasiado "civilizadas", para lo que hoy se  considera civilizado. Hacían sacrificios humanos para invocar el favor de los dioses y cosas así. La fórmula de la vida eterna, justamente, surgía de uno de estos rituales. Un prisionero debía ser ofrecido en holocausto y el elixir debía ser fabricado en base a la exacta mezcla de su sangre y su semen...

Julio tomó unos sorbos de su café e intentó apartar la mirada de los pechos de tía Ruth, luchando por conservar un poco de cordura. Se distrajo observando los objetos a su alrededor, y volvió a ver, intrigado, el cuadro de la tormenta.

-         Realmente es un efecto muy extraño el que logró en esa pintura.

-         ¿Le gusta?

-         Sí. Es muy atrapante. Me intriga cómo logró hacer que se vean distintas cosas en un solo cuadro.

-         En mi taller, arriba, estoy terminando uno con el mismo estilo y técnica. Si desea... le explico cómo se hace.

Se puso de pié sin esperar la respuesta y movió los ojos indicándole que la siguiera. Presidió el camino al piso superior subiendo lentamente por una espaciosa escalera de madera, sabiendo que Julio posiblemente no podría dejar de mirar sus caderas soberbias luchando con la tela del vestido.

-         Bienvenido a mi taller... que también es mi dormitorio.

El lugar al que llegaron era una gran habitación, dominada a la derecha por una cama de hierros cubierta con sábanas negras y almohadones grandes y mullidos. Casi todo el piso estaba ocupado por una inmensa y espesa alfombra del color de la sangre. Un baúl antiguo con un candelabro de cinco brazos y velas anaranjadas encendidas descansaba a los pies de la cama, en cuyo costado izquierdo había una mesita redonda, baja, cubierta con un delicado mantel de encajes blancos. Del otro lado de la habitación se encontraba el pequeño atelièr  de tía Ruth: un caballete con un cuadro a medio hacer, pinturas y pinceles sobre una mesa, algunos otros cuadros terminados y lienzos de distintos tamaños prontos para ser usados arrimados contra la pared en aparente desorden.

Se dirigieron al cuadro y Julio pudo observar claramente una escena casi dantesca: una ciudad envuelta en llamaradas, un incendio pavoroso. Pero al mirarlo desde otro ángulo, le pareció ver a una pareja amándose a la lumbre de una chimenea. Asombrado, se dio vuelta para comentarlo con su anfitriona, pero al hacerlo se encontró tan cerca de ella, que sus pechos se rozaron entre sí.

Sin poder dominarse, rodeó el cuerpo femenino con su brazo y pegó sus labios a los de ella, en un largo y electrizante beso. Tía Ruth se separó un instante de él, dio un paso hacia atrás y lo miró fijamente. Sus ojos parecían ahora tallados en piedra.

-         Tengo una pregunta que hacerle. ¿Qué pasaré con Mariela? ¿No cree que esto pueda herirla mucho?

La cabeza de Julio era un torbellino de ideas y sensaciones. Pasaron unos segundos hasta que pudo responder.

-         Mariela no tiene comparación contigo... Eres una mujer de otro mundo, y ella no necesita enterarse de esto, ¿no te parece?

Tía Ruth volvió a sonreír. Acercó su cara a la de Julio y sopló sobre su rostro.

-         Eso es todo lo que necesitaba escuchar...

Alzó los brazos y los cerró sobre los hombros de Julio y posó sus labios sobre los de él, obligándolo a abrirlos y a recibir su lengua convertida en un pequeño demonio lleno de vida.

Julio sintió un profundo mareo cuando los dedos de tía Ruth presionaron con fuerza en la base de su cuello; sus piernas perdieron estabilidad y le sobrevino una absoluta oscuridad.

Cuando despertó, tardó unos instantes en darse cuenta que se encontraba tendido desnudo en la cama. Embriagado por una sensación totalmente desconocida, descubrió que sus manos y pies estaban atados a los barrotes. Al abrir los ojos vió la cabeza de tía Ruth, con sus rojizos cabellos salvajemente sueltos, moviéndose rítmicamente a la altura de su vientre. Pronto comprendió lo que sucedía y no opuso resistencia, dejándose resbalar por la pendiente de un placer tan intenso que resultaba casi insoportable. El momento del clímax llegó unos minutos después. Al sentir que un incontenible torrente escapaba de su cuerpo, un dolor profundo se amalgamó con el éxtasis.

Buscó con los ojos la fuente de ese dolor y descubrió, horrorizado, que las uñas de tía Ruth, como si fueran las garras de un felino, se habían hundido en su carne, de donde brotaba un oscuro líquido escarlata, que ella bebía salvajemente.

-         ¡Oh, Dios... ! - logró quejarse Julio entrecortadamente.

Cuando ella terminó de saciar su sed, se levantó sin mirarlo y le dio la espalda. Julio pudo ver, como en un sueño, que su cabello era ahora más claro que antes, casi rubio. Con un movimiento de sus hombros el vestido se deslizó hasta el suelo, surgiendo el cuerpo de tía Ruth en el esplendor de su belleza. Se dirigió hasta una mesa y extrajo un objeto de un cajón, para luego darse vuelta y caminar lentamente hacia la cama. Tenía los ojos cerrados y de sus labios escapaban palabras y ruegos salmodiados en un idioma extraño y olvidado. La mayor sorpresa, la que heló la sangre del hombre atado, no fue ver el largo cuchillo ceremonial en las manos de la mujer, sino descubrir en su rostro los rasgos inconfundibles de Mariela.

-         Como ves, el postre sí fuiste tú...

Un grito de espanto surgió de lo profundo de la garganta de Julio. La oscuridad lo envolvió otra vez, y ya no pudo salir jamás de ella.

© Eric Haym Fielitz