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De regreso a las cavernas

Mi analista me aconsejó que buscara un lugar donde estuviera en contacto con naturaleza para recuperar mi tranquilidad; me sugirió un lugar donde hubieran cavernas y me propuso las "de los Pasos Perdidos", con el fin de desactivar un complejo muy fuerte ( constelado por el arquetipo materno) que me impedía desenvolverme libremente en la vida en sociedad.

Me explicó que esa caverna, si bien, forjada por la arquitectura natural, tenía un significado simbólico en el inconsciente con reminiscencias muy profundas; y esa aventura turística, era un medio eficaz de liberarme del hostigamiento del trauma que tanto me asfixiaba.

En ese lugar, debía encontrar una cueva "habitable" y permanecer en ella y si era posible, vivir dentro de ella por unos días, hasta que se produjera un milagro...

En ese espacio debía fantasear con un útero gigante de la naturaleza, que me gestaría nuevamente en una nueva identidad, pero antes debía atravesar el terror de las noches y el aislamiento.

Cualquier asociación de esa cueva con una tumba debía rechazarla, pues de lo contrario me moriría de miedo y no podría superar la prueba.

Me resultó muy absurdo esa sugerencia terapéutica y poco científica, pero como no encontraba un mejor tratamiento decidí hacer la experiencia.

Al principio no entendí la relación de la caverna con mi conflicto, pero luego de meditar en silencio comencé a asociar ideas.

Me pareció sugerente el volver a la caverna, como si volviese a un gran útero, y caí en la cuenta: al "gran útero de la Madre Naturaleza.

Tal vez, en los inicios, en la infancia de la humanidad eso era lo que veía el hombre, el cobijamiento, la protección del lado femenino de la naturaleza; pero no sólo era eso, un hogar para sobrevivir, sinó también un lugar para permanecer eternamente, de ahí que también se convirtiera luego en su tumba.

Pensé, como si yo fuese ese hombre primitivo, viviendo en ese lugar mítico, oscuro y misterioso, donde contemplara el fuego, y esas llamas representaran la vida; y las sombras de la noche, representaran la muerte, ahí tendría mi primera cosmovisión y teología .

Luego fantaseé con la muerte y la resurrección, lo oscuro y la luz, el descenso a los infiernos- la noche- y elevación al cielo, la aparición de la luz.

Fue una experiencia difícil, atreverse a despojarse del hombre moderno, y asumir el desafío de esa regresión prehistórica, era una prueba audaz pero también necesaria, pues era la única manera de conectarse con esas fuerzas que desde tiempo inmemorial nos poseen a todos los seres humanos, y ya nos hemos olvidado de donde vienen, por eso esa experiencia era para mi: una tarea heroica.

Comprobé que en se lugar oscuro, cuando por las noches me poseía mi personalidad prehistórica, y era tomado por ella, me tomaba bastante tiempo volver a la "normalidad" del día siguiente, retomando mis rasgos modernos.

Fueron noches de soledad, donde aparecieron imágenes extrañas desfilando ante mis ojos, como rescatadas de un pasado muy remoto; eran alucinaciones numinosas que me arrebatan y me conducían a un estado de éxtasis, luego me hundían en un pozo donde estaban los rastros más remotos de la humanidad. Cuando observaba esas imágenes despojado de la razón condicionada, sin discernir sobre su realidad o su ficción, podía verme yo mismo en otra caverna –distinta a la que me alojaba- junto al fuego con otros seres primitivos (yo no los contemplaba desde afuera como un espectador, sino que vivía esa sensación como si yo fuese uno de esos seres) y en ese lugar familiar y a la vez remoto veía, con temor reverencial, dibujos extraños pintados en sus paredes y sombras espectrales moviéndose al compás del crepitar de los leños de una fogata. Veía animales alcanzados por flechas, hechiceros con cuernos y patas de cabras. En esos intervalos- de regresión- me asustaba tanto, que hasta creía que realmente estaba enloqueciendo, porque esa ficción se hacía realidad, y la realidad hasta un momento vivida era sólo una ficción remota y sin sentido.

Sé que lo digo no resiste el menor análisis del sentido común, y que si se lo explicara a alguien que no sea experto ni conozca la verdadera naturaleza de esas visiones numinosas del inconsciente, me internaría inmediatamente en un centro de atención psiquiátrica.

Pero, aunque cueste reconocerlas, inclusive a mí, su testigo y actor pasivo, esas imágenes eran reales, tan reales y vívidas, como cualquier percepción "real" que se experimenta en la vigilia. E insisto, eran tan reales que me confundían y me obligaban a pensar que...y solo quizás... como hipótesis remota, no fueran una alucinación de mi mente alterada, sino una realidad invisible pero existente en otro plano.

Me sentía subyugado, aterrorizado y absorbido por una fuerza que me disolvía, arrojándome a un caos original, que, paradójicamente, por momentos me daba la sensación del éxtasis sagrado de la felicidad de la obra terminada y también del terror humano, envuelto en presagios apocalípticos de un cambio al que uno se resiste.

Lo que he narrado, fue una experiencia que hice hace algunos años. El terapeuta tenía razón, ya no era el mismo. He nacido nuevamente, el trauma inicial se convirtió en una búsqueda de un sentido más profundo de la vida. Ahora por las noches no puedo dormir y sufro mucho por la nostalgia del paraíso perdido, del cual fui arrojado, ya hace miles de años.

© Walter Embón