Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Huesitos

Son tan distintos
el silbido del viento
y el gemido del Sur
que se siente
la diferencia
en los huesitos.
Hay que oírlos crujir
cuando se desprenden
en la noche
de esa oscura olla de barro
donde se cuecen
la soledad y la angustia,
el hambre y el ansia,
la conciencia y el olvido,
la memoria y el hartazgo.
Ah...
los dedos me hierven
bien hervidos
de tanto tacto al fango
y en silencio se siente
el frío de todo el sur
gemir en los huesitos.

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María Magdalena

María Magdalena
acerca velas y velas
y su olor a rata célibe.
Yo rechazo sus senos
que vienen y vienen
pero beso
y soy mortal
otra vez.
Un santo éxodo comienza
cuando me tiro en su maceta
y juego con su taco.
Esa caricia
derrota a la costura
y se abre la herida.
Las sandalias mueren
en su deseo de riberas.
María Magdalena
juega enamorada
de mis pedazos
y de los trozos dobles.
Los trazos de un mártir
como el Rabí,
se caen del cielo de Nam.
Unas cuantas nubes
son mi asilo.

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Rápidos

Empiezo a orarle
dulcemente:
Te quiero,
rosa salina,
nadie me enamoró así...
Pero es
la silueta de una trampa
para dos rápidos.

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Huellas /12

Las que tocan el cielo
o están cerca de las flores
saben caminar la música
sin hacer daño a las nubes,
y
aunque nunca
nadie
piensa en sus pies
igual
igual
igual
están flotando en almas
sin quedarse cerca.
Solo se sienten
huellas.

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Enemigo

Sobre el piso de una pluma
un horizonte naufraga.
Los obeliscos y nosotros
enredados en la playa
de platino y huesos.
El tiempo
sigue siendo
un enemigo.

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Huellas /13

En las manos
llevo la historia
y mi destino.
Cada marca está
cada arruga dice
cada huella
da sentido
al paso.

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Somos /2

somos brazos
y nadamos el cielo
en vuelos sin alas
lamemos domingos
increíbles para dios
con los brazos
somos ceros
rosados ceros
de gemidos increíbles
estamos
como estantes con ojos
como fallas en la tierra
abiertas al silencio
somos llamas
que no queman

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Cualquiera

Cualquiera
descubre otro de calle.
Vive un aquí
en la calle cualquiera
descubre su parcela de cielo
arado y segado espacio
en barrios trazados.
Mano.
Mano.
Mano y cruces
de calles.
Mano y máquinas
del costado.
La franja es.
El horizonte
en el recorte de la Ciudad.
A la altura de eso
cualquiera mira las formas
a salvo:
desaparecer en un parece.
Otro de calle
rezando al semáforo.

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Alivio

Provengan del alcohol o no
los alfileres marcan
algo más que dedos
más allá de la mano.
Las cruces de alabastro
darán después
alas quebradas al carozo.
Alivio.
Alivio es
dejar escapar
el alma
por la boca.

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Llueve

En la vereda de los descalzos
el sol es distinto
y siempre se espera una lluvia.
Las manos toman siempre a la cabeza
y encienden el espejo.
Toman las imágenes de la frente.
Cuantas plumas escriben
cuando cae la tinta
desde las venas
a la calle.
Once gotas de paz
esperan.

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Cascabel

La visión no es la misma
después de la derrota.
La parálisis.
El hipnotismo.
La seducción de la serpiente.
Cascabel.
La sensación crece
y se reproduce
después del beso.
El humo y la sangre.
La salvación de las almas.
Fuego.
La respiración y el frío.
La soledad y el mareo.
El ansia y la náusea.
La tinta en la nariz es blanca.
No se ve.
Las armas se arrastran
y me ves con la nuca pesada
y los párpados cerrados
imaginando la nada.
Silencio.
Corazón de escalofríos.
Dedos de nubes en mi pelo
y las lágrimas del deseo
vierten tu nombre.
Otra vez.
Cascabel.

© Rubén Eduardo Gómez