Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El viejo cuchillero

Esa tarde llegué después de horas de cabalgata a la posta de don Joaquín. Me senté detrás de una mesa, recostándome sobre el respaldo de la silla, esperándo a que Ofelia, la hija mayor, me trajera una caña y un plato de guiso.

El sol se escondía detrás del horizonte cuando terminé de comer, y pedí otra caña para pasar el rato. Mientras esperaba un poco a que la bebida se asentara en mi estómago entraron los hermanos Balderrama a la posta y se acercaron a la barra. Dejaron caer una moneda sobre la madera y los vasos se llenaron con ginebra. Fue un trago rápido, de un solo golpe, y habiendo terminado el trámite se dieron vuelta para mirar a la paisanada presente.

Mis ojos se cruzaron con los del mayor, Laurencio, mientras que el menor, Lautaro, me buscaba del otro lado del salón. Un golpe de codo de Laurencio a Lautaro y los cuatro ojos se posaron en mi. El menor se llevó la mano al cinturón, buscando su cuchillo, pero el mayor lo frenó. Sin dejar de mirarme en ningún momento salieron de la posta y se fueron a lavar la cara afuera.

Me levanté, pesado por la comida, y después de estirarme le hice una seña a Ofelia para que me cobrara. Nunca era bueno dejar deudas antes de una pelea.

Al salir de la posada me encontré con los dos cuchilleros parados a diez pasos de distancia.

-¿Quién sera el que me mate?
-Seré yo, -dijo Lautaro, -es mi turno para matar.

El viento soplaba sacudiendo el polvo del desierto y levantando una nube tenebrosa detrás de mis rivales. Me quité el poncho del hombro y me envolví el brazo izquierdo con él, empuñando mi metal con la mano derecha. Lautaro era mi espejo, enfundando su derecha en el poncho y calzando el filo en su izquierda. Medimos nuestras distancias lentamente hasta quedar a tiro de estoque el uno del otro.

La ventaja era suya, siendo bastante mas alto que yo, que además me sentía con las piernas pesadas a causa de tanta caña y tanto guiso. Hice girar la hoja metálica del facón en mi mano, alentando a mi adversario a acercarse, y el respondió con un estoque corto que no se acercó a mi cuero. Entonces cargamos, trenzándonos en movimientos de ataque y de defensa a la vez.

La gente salió de la posada y miraba en silencio. Alguien había dado una moneda en mi favor, alguien en mi contra. Alguien había sentido poco interés por nosotros y había vuelto dentro para tomarse otra copita de ginebra.

Nos separamos de un salto, alejándonos lo suficiente como para volver a medirnos, y dibujamos un círculo en el suelo con nuestros pies que lentamente fue transformándose en una espiral concéntrica. Su estoque me rozó entonces la mano sin dejar herida. Sentí una gota de sudor caer sobre mi ojo derecho y supe que debía hacer algo para poder contar esto, pero el peso de mi edad no me estaba ayudando a hacer las cosas como debía. Miré a mi adversario y lo ví sonreir confiado, me había tocado con el lomo del cuchillo a propósito, haciéndome saber que podía conmigo.

Entonces volvió a la carga y con reflejos rápidos esquive el ataque corriéndome a un lado y con mi mano emponchada le di directo a la nariz. Lautaro perdió el equilibrio, retrocediendo con inseguridad, momento que aproveché para atacarlo, y mientras que con la izquierda me cubría, con la derecha le clavé puñal debajo de las costillas, descociéndo un gran tajo que dejó escapar un chorro de sangre que rapidamente tiñó la ropa de mi rival.

De rodillas, se quedó mirando la nada, escupiendo la sangre que venía de sus pulmones, ahogándose en un río mortal.

Laurencio, el mayor, no se movió, y yo, agitado por el esfuerzo traté de recuperar el aliento perdido. Sentía caliente el hierro por la sangre que había probado, y supe que era un buen momento para parar.

Lautaro no terminaba de morir. Con sus dos rodillas en tierra levantó sus manos al cielo liberándose de su arma. Hasta ese momento no había notado el azul de sus ojos, tan intenso como el cielo del mediodía. La noche se había aventurado fuera de sus dominios y había conquistado todo a su alrrededor. El horizonte teñido de sangre había ennegrecido y todo indicaba que sería una noche cerrada, de aquellas en las que las almas se pierden en sus sueños.

Lautaro no bajó los brazos, y pese a que no dejó de sangrar en ningún momento, no perdía la conciencia. Sin saber de donde sacó las fuerzas se levantó del suelo, y sin bajar los brazos me sonrió. Embravecido por el insulto de no querer morirse cuando le había tocado su hora, me arrebaté de ira y de un golpe le abrí el vientre, pero esta vez no sangró. Al ver este extraño fenómeno me di cuenta que donde antes había polvo ahora había barro.

Espantado, dejé caer mi cuchillo al suelo y miré la hoja roma y sin filo con la cual me había enfrentado.

-¿Con eso me retaste? Eso no es un cuchillo.
-No, no lo es, pero yo no quería matarte, -respondió Lautaro, escupiendo burbujas de sangre mientras hablaba, -yo sólo quería condenarte.
-Yo ya estaba condenado, -contesté.
-Es cierto, -dijo Laurencio, -pero ahora queremos quitarte tu chance de redención.
-Pero él esta vivo, -dije, -o en todo caso jamás lo estuvo.
-Sólo quien vence a su demonio puede tener redención, –dijo Ofelia apenas suspirando

El cielo se encendió de golpe y las almas de mil muertos a los que había enviado a su tumba me rodearon, exigiendo su derecho. La posta de don Joaquín no estaba mas allí, y el suelo era un pantano de sangre y tierra. La luz desapareció y sólo veía corazones ardiendo de furia. Laurencio y Lautaro seguían inmóviles, mirándome y sonriendo.

Pensé que era el miedo lo que me hacía sentir frío entre tanto fuego. Pensé que todo estaba terminado, pensé que el infierno me había reclamado y que debía pagar el precio de mis actos. Pensé, pensé y pensé, pero no lograba darme cuenta de que todo había terminado.

De pronto abrí los ojos y me vi de rodillas, tocándome el costado, tratando de retener la sangre negra que manaba incontenible. Lautaro me miraba, de pie, inexpresivo. Laurencio no se había movido.

-Nadie vence a los Balderrama, -supiró, dio la vuelta y se fue.

Y yo me quedé allí esperando que la muerte decidiera que el momento era bueno para partir. La noche estaba llena de estrellas, y la verdad, me alegré de morir bajo un cielo tan hermoso.

Ofelia llegó hasta mí con una botella de caña, sirvió una copa y la llevó a mis labios.

-Esta va por mi cuenta, -dijo ella, y yo bebí agradecido. Cansado me dejé caer y dejé a la sangre huir de mi cuerpo. Cerré los ojos y me quedé allí muy quieto.

Entonces llegó ella a tomar mi mano, y supe que todo iba a ser mejor.

© Juan Brian Doyle