Cuando estoy así

Cuando estoy así, Juan, y si sos buen observador, podés ver que me quedo haciendo una misma cosa varias veces. El rollito, por ejemplo, que estoy haciendo con el boleto en la mano izquierda, ¿cuánto hace que lo tengo? Ya está negro, sucio. Alguna vez subí los escalones y le dije “ochenta”, sin mirarlo, como me enseñó mi abuelo, con cara de perro. Pero acá, así como estoy, eso sucedió hace mucho tiempo.

Todo sucedió hace mucho tiempo, porque me olvido, hasta de lo que te acabo de decir; y quizás te vuelva a contar que podés ver que me quedo haciendo una misma cosa varias veces. El rollito, por ejemplo, que estoy haciendo con la mano izquierda, ¿sabés cuánto hace que lo tengo? Es que me olvido de que lo tengo.

Una vez tuve ganas de hacerlo, de encontrar el papelito en el bolsillo, lleno de pelusas y apretado entre monedas de un centavo que reclamo y no uso. Lo habré buscado primero, me habré sorprendido buscando algo en un bolsillo y habré sacado el boleto por ser lo único que había. Y seguro dije en ese momento: con este papelito sí, voy a poder hacer un rollito que me dure. Y empiezo a buscarle la punta, el borde; empiezo a doblarlo para poder enrollarlo, cada vez más apretado si presiono en el momento justo y siempre en el mismo sentido. Las letras se van borrando, el “ochenta” desaparece y aparece mezclado más allá, donde antes figuraba impreso el número de interno o la hora. Llega un momento en que el placer de haber logrado un cilindrito tan perfecto me colma casi por completo. Pero me olvido sistemáticamente. Y entonces lo enrollo para el otro lado, mientras pasa la iglesia, la persignación de la señora, la plaza... Como si lo hiciera nuevo. Por un momento los rollitos son dos, mínimos los dos, siameses, dos medios rollitos.

Y no creas que no me sorprende descubrir que ya estaba haciendo uno cuando se me ocurrió hacer el segundo, que para mí es el primero. Pasa de un carretel al otro y en el traspaso leo de nuevo “ochenta” y la hora y el interno, pasando, acomodándose en el nuevo para que los apriete. Hace tanto ya que me subí. Tampoco me acuerdo.

No me acuerdo ni por qué me acuerdo de él. Tenía su boleto en el anillo, doblado en seis. Su “ochenta” estaba también apretado, pero diferente. Desde antes de quedarme dormido y soñar empecé a buscar la punta.

Me desperté solo, en el asiento de a dos, no sé cómo bajó, estaba del lado de la ventanilla, pero me desperté con el rollito en la mano. Izquierda. No lo cambié de mano. Y a partir de ese momento me la paso haciéndolo y olvidándome de que lo hago y volviéndolo a hacer, descubriéndolo cada vez que quiero rascarme. Buscando siempre la punta.

Nada me avisa que ya hice lo que quise hacer. Me olvido de que lo hice, pero no de que lo quise, y lo hago casi eternamente, hasta que el papelito se gasta y lo tiro, o me tomo un café doble y lo tiro, o necesito las dos manos para algo y lo tiro. Es un click, un chau, un se fue el rollito en la parábola que termina, a veces, en el techo de un auto, en el agua de la alcantarilla, en el pelo de la señora, en el piso el momento antes de que las ruedas de la bicicleta le pasen por encima, en el trayecto de un abejorro negro volador temible, en esa baldosa o en la de al lado, en mi mano, en el vaso, casi nunca en el cenicero.

Es tan divertido, Juan, encontrar que te estabas encargando de algo sin saberlo. Las veces que aparecieron cosas en mi bolsillo, levantadas de la calle seguramente, que no sabía que tenía. Chapitas, rollitos miles, fósforos, tornillos, una vez un diente, una vez una gomita de pelo. ¿Qué hice yo con esos tesoros? ¿Cuándo los levanté de la vereda o los robé? ¿Quién tiró este rollito que cae ahora en mi mano? Me olvido de todo. Habré jugado con ellos alguna vez, sabiendo que me estaba olvidando.

 

© Guillermo Dall'Occhio
Imprimir todos los textos

Kronhela Ediciones Argentina - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
ARGENTINA