Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El Subsonido de las Flautas
(El lenguaje del amor)

Ahora sé porqué siempre han sido atados los ángeles y la música, especialmente aquella suave que se enreda en el alma y la manipula llena de locura.
Lo sé, porqué he descubierto que quienes edifiquen tan dulce sonido y logren que sus notas lleguen a crear un paraíso subconsciente y a tocar el espíritu impalpable, tienen, necesariamente, que estar muy cerca de Dios...

Para saberlo antes descubrí otros ángeles, distintos a los que tocan arpas en las nubes. Descubrí que un ángel es aquel que tiene a Dios en su corazón. Pero, ¿ Quién es Dios? Para ateos y creyentes será - con imposición o con devoción - un sinónimo del amor, de esta manera ángel es quién tiene suficiente amor en el corazón para amar, crecer y perdonar.
Descubrí a esa rara y en extinción variedad de ser humano, cuando llovía e intentaba encontrar a una amiga para estudiar. Al verla, cerca de donde me había detenido para ubicarme, me pareció un rescate del aguacero que se había apoderado de las calles.
Un saludo frío, principió la entrada hacia su casa, había que subir algunas gradas de madera porosa y tambaleante. Al lado derecho de la puerta que abrió para recibirme, noté algo más interesante que su hogar expuesto y caluroso, había otra puerta, simétricamente colocada, presa y secuestrada por un fuerte candado y por varias cadenas.
Le pregunté que había ahí, mientras se escuchaba escapando por las grietas de las tablas, una respiración jadeante, pero ella silenció. Acaricié la madera, como si mis dedos se filtrasen tratando de averiguar que sucedía adentro. Y sentí como si alguien raspase los dedos simultáneamente. Mi corazón latió y algo pareció latir conmigo. Había una fuerza que me halaba; que me tomaba con un brazo invisible y me llevaba hacia su centro. Por un momento fue muy poderosa, y me hizo palpar de nuevo la pared, esta vez, ( quizás sólo en mis pensamientos) mis manos se entrelazaron con otras, cerrando los ojos con firmeza. Disfruté mucho ese segundo hasta que oí un suspiro y la fuerza se agotó. La madera que había desaparecido, se reconstruyó ante mis ojos, y supe que debía olvidarlo.

Antes de avanzar al pórtico que si se encontraba abierto, iluminado por la tenue luz de una lámpara de cristal, escuché por las hendiduras de la pared el bello sonido de una flauta, me deleitó un rato para luego esfumarse, quebrarse y despedirse con una tos quejumbrosa.
Ella me miró, supo que no podía mentir de nuevo, pero escogió un silencio abrumador.
Intenté estudiar, pero el recuerdo y la curiosidad no me dejaron solo, como no dejan solos a la mayoría de los seres humanos. Además la pared sonaba como si alguien la golpeara por el otro extremo.
Cuando salí, las nubes habían bajado y cubierto los callejones de la ciudad. Me despedí con el mismo gesto banal y comencé a bajar los escalones. Ya habían cerrado la puerta y en mi mente aquella experiencia se había borrado. Sólo quedaba una sensación tibia en mis manos, como el sentimiento que permanece entre los dedos al estrechar la palma de alguien ha quién no se ha visto hace mucho tiempo, y que sin embargo, espera por nosotros.
Sentía en esa tibieza de dar un abrazo, ese calor que se mantiene en los labios luego de besar. Mis manos estaban cálidas, aunque lo único que hubieran estrechado, no había sido más que madera.

Pisaba en ese momento el último escalón, cuando giré la cabeza y observé el cuarto encadenado. Algo me miró, me miró detrás de las tablas y de la penumbrosa oscuridad gris. Aquello que me veía no tenía rostro, sólo encontraba su mirada fija en mis pupilas. Aquello que me veía hizo regresar el calor a mis manos, a mis labios, a mi cuerpo entero. Supe que los ojos que me contemplaban, que no tenían rostro, que me entibiaban el cuerpo; emanaban cierta dosis de amor que yo necesitaba. Vi solamente sus ojos por la horizontal grieta de la madera, y quizá fue porque en los ojos es uno de los pocos lugares donde al amor puede materializarse.
Luego los vi caer y el lazo que nos sujetaba se rompió. El calor que sentía en mi cuerpo se disipó y supe que debía irme.

El siguiente día continúo igual, con las mismas miradas en los salones universitarios, el frío típico que a nadie extraña del invierno, y a veces, detrás de un cielo entristecido se asomaba el sol. El día continuaba igual casi para todos, unas cuantas horas de rutina para regresar y empezar con tan solo una fecha distinta, el mundo continuaba como siempre, algunos hartos del sol, otros añorando poder verlo y quizá algunos esperando conocerlo. El día continuaba igual, pero mi rostro había cambiado, me encontraba confuso, y mis ojos imprudentes de por vida me delataban. Quería saber quién tenía una existencia todavía más monótona que la nuestra. Donde quería ó tal vez solamente podía esperar soledad, penumbra y silencio.
La tarde de ese mismo día me dirigí al sitio de la noche anterior, inventé una excusa para regresar a tratar de descifrar sin que se dieran cuenta, que sucedía dentro del cuarto paralelo a la vivienda. Subí lentamente las gradas semiderruidas y me recosté sobre la puerta atada con el candado. La música frágil de la flauta volvió a poseerme, no importaba quién ahí estuviese, tocaba hermoso y su talento era tal que deseaba escapar por las paredes.

-¿Quién toca? Le dije, y sus ojos titubearon.
-No entenderías nada. Mejor entra.
-Puedes confiar en mí, ¿qué pasa?
- Mejor entra.

Entré a regañadientes y bromeando le dije:

-¿Es un criminal que esconden?
Su cara se volvió dócil y dijo suplicante. - Entremos, ¡Por favor!

Mi oportunidad se había esfumado como antes, sin embargo me había propuesto conocer quién vivía ahí. Necesitaba saber quién había estrechado mis manos y las había irradiado de inigualable calidez, quién me había visto cara a cara, y quién se metía en mis silencios suplicando que lo rescatara.
Estudié las posibilidades y llegué a la conclusión de que habría que estar loco para intentarlo. ¿ Qué ganaría con eso, mas que satisfacer una duda? ¿ De que sirve hacer un bien a los demás? Era una locura. Y la duda de la locura me siguió hasta mi casa.
Mientras escuchaba mis pensamientos, la noche acampaba bajo los árboles que murmuraban en mi ventana. Observé a un búho sobre una rama y los pensamientos se callaron, era gris y su plumaje plateado suplantaba a la luna escarlata. Lo miré hasta que voló. El ave danzó entre la neblina que se condensaba entre el ramaje. Y se dirigió por la calle exacta que llevaba a la casa que me mantenía cautivo por sus secretos.

-Debo ir. Pensé. El destino me llama hacia él. ¿Si es sea una persona buena, presa de su soledad? ¿Si necesita ayuda o un amigo?

La madrugada del viernes parecía perfecta para conocer lo que era negado el mundo por una delgada tabla de madera. Cargué algo de pan y un refresco del congelador, dirigiéndome al lugar a hurtadillas, después de unos minutos de caminar encontré las escaleras y las subí con prisa.
La flauta se escuchaba con suavidad aún a tales horas, porque los genios nunca duermen, y su melodía arrullaba el ambiente de enorme paz.
Había un hoyo grande en la pared de madera. Con calma dejé el pan y una botella dentro de una bolsa de cartón, al sacar mi mano, otra la tomó, era la mano de una niño, fue tan improvisto que exhalé un grito de espanto, que se perdió en la mañana que comenzaba volando con la neblina y con el búho. Creí que podría haber despertado a la familia y me puse de cuclillas en una esquina, abandonando la palma cariñosa que enroscaba los dedos, convirtiéndome en una sombra más a la luz de una lámpara lejana. Al tiempo me percaté de que todo permanecía igual y me dirigí al hoyo a buscar aquel brazo ansioso de compañía. No lo busqué demasiado, él esperaba el mío con impaciencia.

-¿Qué edad tienes? Susurré muy suave.
No contestó, sus manos flacas advertían lo que no pudo decirme, se aproximaba a los diez años y sus dedos atrofiados me anunciaban cierta parálisis.
-¿Cómo te llamas? Murmuré de nuevo, haciendo la pregunta que debí hacer al principio.
Esta vez pareció entenderme y emitió un sonido que no formaba ninguna palabra.
-Toma mi mano.

Esta vez lo comprendió a la perfección, porqué le pedí algo en el lenguaje universal, una lengua sin fronteras ni palabras, ni límites, una voz invisible y que sin embargo es palpable como un abrazo. Le pedí algo en el lenguaje con el que ya nos habíamos comunicado. Quizás no entendió esas tres palabras, pero si comprendió que deseaba ayudarlo y que mi brazo extendido no le haría ningún daño.
Nos aferramos uno al otro y durante un tiempo, sin hablar, mantuvimos una larga conversación, supe que tenía miedo, que no deseaba estar ahí, que tenía hambre y aunque deseaba con ansias morder el pan que le había traído, prefirió alimentar primero su corazón, y como el corazón necesita alimento antes que el cuerpo, comenzó a latir al recibirlo. Supe todo aquello de él sin decir palabras y de la misma forma él entendió que tenía un amigo. Hablábamos con amor.
Era como hablar con el alba y pedirle bendiciones para el día que empieza.
Igual a comunicarnos con las aves y suplicarles que nos despierten con su canto, que decirle a un niño que nos sonría entre la cuna, que pedir prosperidad al cielo y consejos al silencio. Era el lenguaje que hablamos todos, cada día y que pasa desapercibido, que nos dice silencioso que hay esperanza y que nos ama. Una lengua sin frases ni palabras que siempre responde.

Faltaban aún tres horas para que el sol me delatara, tenía tiempo suficiente para llevarlo conmigo. No sabía a donde, pero el destino no me fallaría por mejorar el suyo. - ¿ Te llevo conmigo? Dije al niño sin que me comprendiese, pero luego recordé que solamente podíamos comunicarnos por ese idioma universal explícito en todas las cosas, que es sencillo e inexplicablemente tan difícil para los hombres. Besé entonces la frente sucia que se escapaba por el hoyo y todo le fue dicho.
Regresé media hora después con una palanca para quitar una tabla de madera que estaba apuntó de derrumbarse, fue sencillo hasta que un escalón se quebró gritando que yo llevaba el niño en los brazos. Corrí y me oculté tras unos matorrales.
Desde ahí vi cuando salió su padre, miró hacia muchos lados y se percató de que no había nadie. Luego volvió a entrar sin darse cuenta de que su hijo había sido robado.

Pensé esconder al niño en el garaje de mi casa, pero estaría cambiándolo solamente de cárcel. A tientas me deslicé por el pasillo hasta mi cuarto. Cerré la puerta con prisa y eco repicó en sus tímpanos. Con el temblor de su cuerpo dijo que recordaba cuando hace años había sido encerrado. Me senté con calma a su lado para no volverlo a asustar. Comenzamos a mirarnos. Apartó la vista y la usó para reconocer el nuevo lugar, pareció tranquilizarse y de nuevo me miró. Toda su energía se sublimó en sus ojos y me dijo - Gracias - no lo intuí, porque luego lo repitió tomando mi mano con ternura. Cerró los párpados y elevó su cabeza buscando la luz, abrió los ojos, y la luz lo invadió, contempló por unos minutos la claridad y lloró. Yo también lloré, ambos condensamos los sentimientos y los vertimos sin vergüenza, nos dijimos lo satisfechos que estábamos por lo que había sucedido. Y por todo el tiempo que lloramos, nos conocimos más. Más tarde secó sus lágrimas y buscó la flauta, tocó un tema para mí, fue fácil saber que ya no quería llorar. Lo escuché con admiración y parecía que todo lo que sentía en ese momento: miedo, satisfacción, cariño, paz; me lo estuviera dictando con su melodía. Luego dejó de soplar y se tiró al suelo, casi con una forma animal y comenzó a dormirse. Lo levanté y lo puse sobre mi cama. Con la mirada entre alegría y sorpresa, golpeó la sábana con fuerza y movió su cabeza cuando me vio acostar en la alfombra, quería que durmiera con él, no lo dudo porque se calló al percibirme a su lado.
Cuando el día extendió sus rayos por los ventanales de mi cuarto; mi madre me llamó a desayunar y encontró a un niño durmiendo conmigo.

Por meses la historia se escuchó por el vecindario. Varios relatos cambiaron la realidad, algunos dijeron que el niño tenía una extraña enfermedad contagiosa y que no lo podían tener cerca, otros dijeron que era un hijo ilegítimo de su padre y que siempre vivió rechazado, muchos dijeron simplemente que no lo querían. Pero pocos supimos la verdad.
Aquel desdichado niño era esquizofrénico, una enfermedad mental que - según dicen - impide la socialización. La ignorancia paterna había sido su sentencia al calabozo. Aquel lugar era el cuarto que arreglaron para él, antes de conocerlo, con el tiempo lo descuidaron, lo dejaron de querer, y el polvo y las arañas convivieron a su lado creciendo cada vez más, robando su espacio. Su abuelo pensó que era mejor poner un candado para que no pudiera escapar y permaneció en su encierro - de protección - hasta que un muchacho loco como él, decidió rescatarlo. Sus padres aún dicen que lo quieren, y que lo alimentaron siempre, pero lo mantenían cautivo por amor, porque era loco y se podía lastimar. Dicen que siempre sufrieron porque nunca podían hablarle para decírselo. Pero él siempre supo hablar, hablaba como el alba, como los pájaros, como un recién nacido, como el silencio. Escuchaba y hablaba amor.

Me enteré de que la flauta se la habían dado muy niño, y que en su soledad descifró las notas en el silencio.
Por el momento vive con una pareja de señores que parece quererlo. Tiene quince años e intenta perdonar al mundo. A veces se consume en el autismo, tratando de borrar todos los vestigios del dolor. Otras se refugia en la locura, para recordarnos que es necesario ser un poco locos para sobrevivir.
Se lo llevaron lejos de aquí, pero aún tenemos conversaciones, es cierto que no puede hablar, que esa enfermedad que atrofia su cerebro se lo impide, pero todavía conversamos, con el mismo lenguaje que nos conocimos, pienso que quizá cuando yo miro las estrellas, empezamos a vernos, porque podría ser que el esté haciendo lo mismo, y si es así, en cualquier sitio del planeta nos comprenderemos, porque las estrellas hablan el mismo lenguaje.

Cuando se aparta del mundo que construyó en su delirio - que supongo es mejor que este - toca la música clásica que lo fascina, sé que triunfará porque disfruta lo que hace y consigue que mi espíritu como el de muchos expire y resucite con cada soplo que hace dentro de su flauta.
Si no vuelvo a verlo, su persona será indeleble. Porque su historia prueba que es posible hablar con amor. Comunicarse por un lenguaje sin frases ni palabras, creado por el espíritu y la comunión de emociones.

Ahora sé porqué siempre han sido atados los ángeles y la música, especialmente aquella suave que se enreda en el alma y la manipula llena de locura.
Lo sé, porqué he descubierto que quienes edifiquen tan dulce sonido y logren que sus notas lleguen a crear un paraíso subconsciente y a tocar el espíritu impalpable, tienen, necesariamente, que estar muy cerca de Dios...

© Esteban Córdoba Arroyo