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Sorpresa

Leía y leía, su voz se escuchaba bastante bien. Se levantó de la cama. Bebió un vaso de jugo de naranja y continuó.

-Siempre das la impresión de decirles algo nuevo y desgarrador de los chilenos, algo, en general, sobre las ambigüedades de la prudencia y las ansias del desorden, sobre el hambre de vida, la negociación de la vida y el terror de la vida en su más elemental manifestación. Tu sensibilidad y tus palabras y tus maneras vienen a ser, las más de las veces, las de un don nadie salido de cualquier parte, alejado de un hogar donde no hay quien lo eche de menos, pero al que debe regresar sin demora. Tu celebrada mezcla de ironía, compasión e impiedad elevada a la monumental categoría Marciana por la revista Quiltro, tras haber ninguneado a medio Chile durante décadas. Nada llama más la atención que esas frases filudas como salidas de un personaje aislado y desconcertado que se arma de valor para entusiasmarse.

-No lo dirás en serio.
-Pues claro que lo digo en serio.
-No esta nada mal, nada mal.
-¡Si lo está! ¡Y tú lo sabes! Limítate a decirme por qué. ¿Cómo voy a aprender si no me dices por qué?
-Bueno –dije, dispuesto a ceder-, digamos que las palabras no son precisamente concisas, Paula.
-¿No?

Traté de sonar lo más reflexivo posible.

-No, claro que no es tan “malo”…
-Pero no es bueno como yo creo. Vale. De acuerdo. ¿Qué me dices de las ideas, de lo que trato de comunicar? Las palabras se pueden pulir. La redacción puedo hacer que la arregle un editor, si tú dices que hace falta. Pero, claro, las ideas, las ideas en sí mismas…
-Ya veo.

También, Paula lo veía, es decir: mi incredulidad. Y se apresuró a tranquilizarme.

-Hay peores analfabetos que yo haciendo crítica literaria, César. Hay peores trogloditas y tontos del culo.

Bueno, sobre ese punto no iba a discutir. La miré ciegamente a la cara. Paula tenía todo el aspecto de haberse quedado congelada.

-¿Y?
-¿Y qué? –pregunté.
-¡La verdad! Es de mi vida de lo que estamos hablando, mi oportunidad de tener una segunda oportunidad. ¡Necesito la verdad!
-Bueno, la verdad es… -pero, viendo el sudor correr por el rostro de Paula, lo pensé mejor y concluí-: seguro que está bien para una revista.
-¿Pero? Hay un enorme
pero en tu voz, César. Pero ¿qué?

No aguante más.

-¡Paréntesis! Paula -le solté la palabra directamente al oído-. ¿Qué sabes tu de literatura y de Quiltro, hijita de tu mama? Escucho lo que dices. Para ti la palabra literatura es el chop-suey de los domingos, en el centro. Para ti es entretenerte en la función teatral del colegio. Para ti es Mc Donald y Mafalda. ¡Paréntesis! ¡Tarada, si que eres una tarada! ¡Paréntesis es un latino con un cuchillo! ¡Paréntesis es una puta con sífilis! ¡Paréntesis son los conscriptos de la infantería cagandose en la puerta de tu casa y todo ardiendo hasta los cimientos! ¡Paréntesis es una jauría de orientales persiguiendo asquerosos hispanos con palanquetas en la mano! ¡Paréntesis es ruina! ¡Paréntesis es cenizas! ¡Paréntesis son negrazos y escombros y porquería! ¡Roba un automóvil y en seguida averiguaras cono funciona y de que va Quiltro! ¡Entonces podrás escribir veinte críticas para Quiltro! ¡Y vas a escribir hasta que te den ganas de rebanarte el pescueso! ¡Y desearas mostrar la vagina en la portada de Paréntesis y cortarte las tetas solo para divertirte! Es mi opinión. Ya que me la preguntas.

-Uuuf.

Empezó a golpearse la palma de la mano con el cuaderno de notas.

-Desenfundas y disparas desde la cadera. Fiu. Ya se ve que esa revista tuya no salió del aire, eso está claro. La sátira, quiero decir. Uau.

 

© César Valdebenito
 
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