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Harry: el mendigo invisible

Su mirada se pierde en los pasos de otros, dejando sus pensamientos de lado, irradiando una especie de misterio acompañado de temor. Parece ser absorbido por la incertidumbre de no saber dónde ir, aunque se pone de pie y sacude su abrigo, como si fuera a sacarle la mugre acumulada durante años. Se rasca el mentón simulando estar decidiendo su rumbo: duda unos minutos, se entristece y vuelve a sentarse.

El tono de su piel es tan oscuro que se dificulta reconocer el color de sus ojos, las marcas del sol están presentes en los reflejos de su barba que le cubre casi la totalidad de su rostro. Lo más llamativo es su vestimenta: un traje azul, que parece tener más años que él, y unos zapatos elegantes, pero ya sin punta.

Sentado frente a una farmacia, con un vaso de plástico apoyado en su falda, fuma un cigarrillo ya consumido, pero a él no le importa y simula que el humo sale por su lastimada boca.

Los coquetos que pasan frente a él lo evitan…lo ignoran como si fuera invisible, como si fuera una sombra más en el asfalto. Él parece encerrarse en sus palabras, vacías de oídos, que lo alejan de su realidad… que lo acercan a la locura.

Risas irónicas se escuchan a su alrededor, parece que lo señala, que se hunden en su imagen. Su única compañía es el viento, al que él regaña por volarle su preciado cigarrillo…su ambición se aleja por los aires junto con sus sueños truncados.

Parece que la vida le enseño una fórmula para ignorar las acusaciones implícitas, al no temerle al miedo que él genera en muchos otros. De repente, su sonrisa se esconde en un seño fruncido, que se altera por el silencio ruidoso que lo acompaña.

Un hombre acostado en la calle con un traje a medias y su mirada perdida en la soledad, así es Harry, un sujeto que dejo su vida de publicista para acurrucarse en un rincón de Once.

 

© Cecilia Castillo
 
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