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Chubut

Al abrir nuevamente los párpados, las tremendas paredes de piedra estaban  allí, indiferentes, encajonando el río.
Quietos los sauces dormían con las raíces en el agua.

La soledad se elige y se conquista, podía leerse en los surcos del gesto imperturbable de su cara.
En las arrugas talladas.
En la suave mueca de la boca.
El largo pelo danzaba con la brisa. Fundido en el paisaje, el perfil del indio se recortaba filoso contra el horizonte.
Todo en él era muy viejo.
Todo en él era intemperie.
Era rumor de viento trepando por las bardas, era el silencio del sol cuando despunta.
Era la fugaz sombra del lagarto entrando en su guarida.
Salvo sus ojos, que tenían el color mismo de los cerros, de los pedreros, de las planicies que se alejan hasta disolverse en el cielo.
Eran mansos, e invictos.

Sentado en un reparo.
Las manos cruzadas sobre el pecho, mirando hacia el poniente.
Era el silencio.
Era el frío que se pega a las pilchas, en las noches largas.
Era el hambre y la resistencia a la fatiga.
Él era su raza, y su lugar mirando el mundo.
Él era la síntesis de un pueblo que resiste.

Como una nevada surgen en el aire miles de mariposas blancas, diminutas, y en pequeñas turbulencias, buscando un lugar, se posaron inquietas en la arena.
Justo ahí, donde el río hace un remanso salpicador y ruidoso, evitando la mole grandiosa de la "Piedra Parada".
Quedaron latiendo en la costa.
Brillando, y cambiando de lugar en torpes vuelos sigilosos.
Y continuos.
La correntada aprovechaba para mojarle las alas, y hundirlas resignadas a las que fue alcanzando.
En la profundidad, giraban, simulando un aleteo.
Una pantomima agónica. Vanamente las tocaban las piedras del fondo buscando revivirlas.
Ya eran flores muertas.

El sol cegador, ardiente, prolongaba en sombras largas los cañadones, hasta atardecer en el rumor del río.
La noche se juntaba bajo los sauces negreando, mezclada con el agua en su viaje.
En la piel del indio viejo se junta un relumbre de fuego.
Disimulando la ceremonia de ver morir los días infinitas veces. Termino de acomodar un manojo de ramas secas.
Las ató con una cuerda de tiento, confundida con sus dedos.
Ajusto hasta el crujido, y tiro otra vuelta de lazo.
Ahora lo afirmó con un pie desnudo, curtido por la tierra.
Observó al río que seguía pasando, y cargó la leña en la espalda.
Como quien se lleva algo que le pertenece.
Caminó pisando su sombra alargada, hacia la ruca.
Una golondrina sobrevoló el espejo del torrente, buscando los tábanos gordos que viven en las piedras de la orilla.
Jugando.
En una pirueta dejó marcada el agua, al acariciarla con el pico.
El viejo miró como la correntada deshizo la traza.
El pájaro siguió con su retozo, sobre el Chubut.
Volando.

No me acerco, creo que le inspiro terror.
En el margen opuesto del río, entre el brillo del sol muriendo, termina su vuelo una pareja de cauquenes.
Escucho el aleteo, y las salpicaduras.
Un hervidero de gotitas.
Me asiste el temor de cambiar la pintura del paisaje con mi voz, si lo llamo.
El indio viejo camina, y no me mira directamente.
Ve de reojo mi figura, que lo acecha. Juzga la pasividad de mi contemplación.
Camina lentamente, de vez en cuando cambia la posición del atado de ramas que carga.
No sé si le llega el momento de locura universal que vivimos.

Llevo la caña hacia atrás, y con un golpe de muñeca hago volar la cuchara.
Hay un zumbido de tanza en el aire. Saliendo del carretel.
El señuelo al volar, fulgura.
Cae del otro lado del pozón.
El viejo en su andar, se pierde entre las jarillas.
De a ratos reaparece en los claros, donde el agua avanzó con las crecidas en primavera.
Se pierde.
Luego veo solo su carga de leña, donde termina la incisión que una huella de animales le cruza a las primeras lomas peladas.
Adivino un ranchito entre las bardas.
Es la Patagonia hundida en lo más profundo de su gesto sombrío. Un perfume de pichanas, y el olor del río nos envuelve.
El dibujo del viejo y su carga de leña, lentamente se esfuman.

Recojo la cuchara. Se acerca brillando entre dos aguas, en mil giros.
No pienso en nada.
Una sombra aparece en la transparencia de la correntada, vertiginosa, con un seco golpe la ataca.
Me despierta, me revive.
Siento el pique en la caña, que se dobla, y en el reel que al tensarse el hilo grita.
Silbón.
El agua estalla, salpica, y en fugaz voltereta veo blanquear la panza de un "arco iris" contra el sol.
Cae.
El agua estalla nuevamente.
Lucha, zigzaguea, no quiere que lo arranquen de la corriente.
Es un espíritu del río.

Estoy en este mundo, que es el mismo para todas las cosas.
Y que no fue concebido por ningún dios, ni seguro, por ningún hombre. Y que siempre es, fue y será como un fuego eternamente vivo.
Como un río en viaje perpetuo.
Como el viento, que sin pasión aparece y desaparece.
Lanzado de la nada, y que se enciende y se apaga, a su antojo, despreciando la vida.
Jugando a lo infinito.

Siempre.

Soplando el viento, vuelan cauquenes.
La correntada cantando va,
y entre las ramas de los maitenes
se va quedando la eternidad.

(A finales del verano de 1994, pescamos juntos por última vez con Papá en el río Chubut, a la altura del Paraje "Piedra Parada")

 

© Carlos Hugo Mercapide
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