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El cumpleaños del abuelo

No me canso de mirar y creo que a todos nos pasa, pero es lógico, la magia de las brazas, el fuego, la parrilla y la carne.

A veces pienso que se conjugan cosas como el hambre y el vino, la experiencia ya vivida, el experimento se repite y uno ya sabe el resultado, eso vuelve excitante el momento, igual que con el sexo. Pero me pregunto si alguien ajeno a esto {no al sexo [aunque los niños lo son (salvo que hayan sido victimas de una desgracia o dueños de una precocidad inapropiada como tema de presentación en conversación de reuniones o ágapes)] si no al asado} como un extranjero o un chino, aprecia esto.

Me parece que ellos a su manera también sienten esa magia.

El asado era de noche en el fondo de la casa, los hombres reunidos en ronda y fuego y brazas y todo lo demás.

El abuelo era el asador y el cumpleañero por eso intervino solo de a ratos y con sentencias tajantes en las conversaciones que lo rodeaban, que como siempre eran de política, deportes, anécdotas de tiempos que uno, ahora, cree que fueron felices [debido al S.G.R.R. (Arecordatorio), ver informe mas adelante] hipótesis sobre la vida de algún conocido que hace mucho que no se lo ve y de alguna que otra confesión (a veces serias, otras no tanto) que saben sacarnos los asados.

Las mujeres estaban cómodamente sentadas en la cocina, aunque no en forma permanente, ya que en estas instancias siempre hay alguna ensalada que preparar y cuando una de ellas se levanta (previo anunciar lo que va a hacer) instantáneamente otra acude en su ayuda (no vallan a pensar que una es una floja) mientras los otros binomios (casi siempre son dos) planean la siguiente actividad a realizar, ni bien se sienten las otra. Claro que esta actividad tiene que ser más ingeniosa que la de las anteriores o de mayor necesidad. Si no hay que hacer [(las mujeres sabias por naturaleza o por años saben que siempre hay, y esperan sonrientes y al descuido (saben que siempre se puede)]. Esto sucede con frecuencia y se debe a que las novatas generalmente tienden a querer hacer todo por el terrible temor de que por lentas, puedan quedarse sin tareas y saben que las observaciones serían terribles, por su condición de jóvenes y estado civil, [y no me quiero imaginar como debe ser en su casa (así se llama la particular energía que la carencia de estas acciones despiden)].

Pero siempre se puede apelar a un arma fulminante: a un toque de buen gusto (como doblar los trozos de royo de cocina en triángulos y no en cuadrados, desprolíjos y abiertos) para demostrar que una sabe mas de las cosas del hogar.

Después a la hora de lavar los platos, poco a poco, las mujeres mayores pensaran (no todas juntas, si no cada una a su tiempo) al ver las jovencitas fregar la vajilla de una manera tan veloz y torpe, en su fresca y tierna figura. Desde su cuerpito hasta los gestos, hasta su aliento... son como duraznos maduros, y el perfume también... si supieran... si yo pudiera, ah... se va arrellanando (ahora una, luego otra) al limite de la comodidad en la experiencia de sus años, sintiéndose un poco mas vieja, piensa en ese cuerpo y en sus años... “el cuchillo y el durazno nunca bailaran de la mano”, imposible, en fin, cosas del tiempo.

Todo esto sucede mientras hablan, cordialmente (pero no con menor intensidad) cosas de mujeres.

Llegó su hijo y trajo un regalo, una bolsa de cartón blanco con manijitas de cordón negro.

El abuelo sacó y mostró el regalo, era una remera (tipo chomba), se dijeron cosas poco ocurrentes, como si fuesen ocurrentes y todos levantaron y cambiaron las entonaciones de sus voces, el hijo dijo o le dijo el hijo, ¡mirá, mirá, que hay más!, y fue entonces cuando saco un sombrerito tipo marinero (tipo Pipo Pescador), esto tan bien termino en convertirse en chiste trilladísimo, incluso antes de existir (pausa, sensación de vino en la boca, voy por el) y eso es mucho, que algo sea algo incluso antes de serlo, pero bueno, en el clamoreo de los contertulios, el hijo riendo dijo (entre un aire de que ya estaba ensayado y presentación de programa de TV. de pueblo) ¡todavía queda el mejor regalo! y sacó del fondo de la bolsa una hoja con dibujos en ambos lados, que había confeccionado el hijo del hijo, para él, arbolitos, casita y caminito y hasta el taxi que el abuelo todavía utiliza para trabajar, todo estaba en el esmerado trabajo que había hecho el niño de cinco años, ¡solo y sin ayuda!, aclaró el papá, hasta había una leyenda que decía Feliz cumpleaños (la “l” la había agregado el papá, plagiando la infante caligrafía) porque es una lástima y porque es una letra finita y porque entra y porque se animó y porque no se si le sale y por la misma razón que se casó y por la misma razón que se recibió de algo que no le gusta, pero que aún solo presiente.

El abuelo no veía casi nada y lo poco que veía no lo entendía, así que sabiamente evocó vocales que tan bien sirven como muletillas en estos casos. Las mujeres veían desde la puerta de la cocina y entonces el abuelo dijo-bueno, bueno, esto ya esta, vamos, vamos-, todos fueron para adentro y el hijo llevó el asado en una fuente, abuelo dijo-yo ya voy, anda yendo que apago el fuego- y se quedó un rato con una rodilla en el suelo, tirando tierra a las últimas lucecitas rojas y tapando bien las hojitas negras del dibujo quemado.

 

© Bruno Porta
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