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Extrañas misivas

- Entré en el portal de casa con el periódico bajo mi brazo derecho y una bolsa con dos barras de pan colgada del dedo índice de mi mano izquierda. Tras ofrecer un correspondido saludo al portero, pulsé el botón del ascensor y mientras esperaba, busqué la llave del buzón en el llavero al percatarme de que había correo en él.

Abrí la maltrecha portezuela y a la altura de mi nariz apareció un pequeño fajo de papeles y sobres. Lo así como pude, y tras cerrar el receptáculo tiré de la puerta del recién llegado ascensor con uno de mis escasos dedos libres, me introduje en la cabina y ascendí...

Entré en la vivienda y tras dejar los bártulos de cualquier manera encima del tresillo de la sala, hojeé el correo.

Una carta del banco, una suscripción gratuita a una desconocida revista de dudoso interés, un panfleto doblado en tres de propaganda de un conocido hipermercado invitándome a caer en las redes del más absurdo de los consumismos, ¿para que quiero una regleta para doce enchufes?, ¿qué haría yo con un compresor?, ¿necesito una estantería para bonsais?... creo que no.

-Vaya al grano por favor.
-Sí, sí, disculpe...

Una carta remitida del ministerio de no sé que, otra de no sé cuanto y... un sobre con mi nombre pero sin dirección, remite ni ningún tipo de dato postal. En un principio supuse que era una notificación para asistir a la típica reunión de la comunidad de vecinos para hablar incongruentemente y no alcanzar ningún tipo de acuerdo, pero tuve que olvidarme de esa conjetura al darme cuenta de que el administrador que manda las cartas nunca les pone lacre, y aquel sobre iba lacrado con un sello muy llamativo color púrpura que rompí rápidamente intrigado ante aquella, a partir de aquel momento, extraña misiva.

En el interior del sobre había un manuscrito, una cuartilla mal recortada impregnada de una horrible caligrafía hasta más o menos la mitad de su superficie.

Una vez que la leí, y tras percatarme de que la pésima caligrafía iba complementada con una análoga ortografía, un pequeño escalofrío me recorrió el cuerpo de abajo a arriba y se detuvo en mis hombros que casi se agarrotan ante aquello.

¡Debía de tratarse de una broma!. En ella alguien me aseguraba que a partir de la fecha mis días estarían contados al ser yo el único testigo de un asesinato cometido días antes durante la noche, y que el crimen que yo supuestamente había presenciado no había sido nada en relación con lo que me iba a ocurrir a mí. ¡Aquello no tenía ni pies ni cabeza!, soy una humilde persona entregada de lleno a mi modesto trabajo como escritor de relatos para varias revistas de divulgación. Además siempre llegaba a mi casa antes de las once de la noche y no me paraba con nada ni con nadie en el camino desde la última redacción a donde llevaba mis cuentos hasta mi apartamento.

En un principio pensé en avisarles a ustedes con anterioridad, pero desistí de mi intención al creer fielmente que lo más seguro fuese que aquello se tratase de una anodina broma perpetrada por algún malicioso muchacho ocioso. Era sábado por la mañana y tamaña canallada no me iba a resquebrajar el ansiado fin de semana, así que me entregué de lleno a la lectura del diario que acababa de adquirir como un intento de evadirme de la extraña situación...

Nada supe exactamente de aquel crimen hasta el día siguiente que llegó la noticia a mis oídos a través de un programa de sucesos de una emisora local que siempre sintonizaba a la hora de comer. Al parecer habían cosido salvajemente a navajazos a un vecino del barrio, cerca de mi casa, y nada se sabía de la persona que había perpetrado el crimen. Todo esto sucedió el mismo día que me encontré en el buzón un segundo anónimo poniéndome en conocimiento de que cada vez me quedaba menos tiempo de vida. El asesino perseveraba en la creencia de que yo era el único testigo del crimen, pero era absurdo, yo no tenía ni tengo conocimiento de nada...

-Bien señor Gálvez, descartando ya la posibilidad de que se trate de algún tipo de travesura, hemos de intentar indagar en su círculo de amistades para hallar una mínima pista que nos ayude a esclarecer quien es el posible autor de los anónimos. ¿No tiene constancia de que exista alguien que no simpatice en demasía con usted?

-No. Que yo sepa no. Soy una persona sumamente normal, con una vida normal, salgo poco y llevo años sin hacer amistades.

-¿Conocía a la víctima?, el banquero Luis Gardner.

-No, sé que vivía por la zona, pero nunca crucé una sola palabra con él. Lo que le ha ocurrido ha sido horrible...

-¿Y a su esposa?, ¿conocía a su esposa?

-Eh... fuimos amigos de adolescentes, pero de eso hace ya muchos años, hemos deshecho el contacto y nada sé ya de su vida. ¿Qué tal se encuentra?.

-Ya se puede hacer una idea. Muy afectada por la horrible muerte de su marido. La verdad es que se halla sumida en una profunda depresión y está siendo tratada por un psiquiatra...

Mandé a Gálvez a su casa después de hablar con él un buen rato sobre aquellos supuestos anónimos que acababa de denunciar en la comisaría y de los que decía ser víctima. La verdad es que nunca me encontré ante un caso tan extraño. No tenía absolutamente nada, un salvaje crimen, una viuda desconsolada y un escritor de relatos que denuncia recibir anónimos del asesino amenazándolo de muerte. Me fui a casa desesperanzado y extenuado tras otro largo e infructuoso día...

A la mañana siguiente me dispuse a retomar el caso con lo poco que tenía. Intenté hablar con la pobre señora Gardner que me recibió amablemente en su casa. Era una atractiva señora de unos cuarenta y cinco años, de enormes ojos oscuros que le concedían una viva, a la par que triste, expresión. Tenía unas proporciones mesuradas, hacía gala de un exquisito gusto para vestirse y, a juzgar por la agradable fragancia de la estancia donde nos disponíamos a hablar, para escoger los perfumes.

Intentando resultar agradable pero impidiéndoselo un profundo desasosiego calado en su persona hasta lo más hondo por todo cuanto había ocurrido, comenzó a hablar:

-¿Qué... qué le trae por aquí, Inspector Páez? Me preguntó con voz un tanto descompuesta.

-Me gustaría charlar un rato con usted sobre lo que ya se imagina, pero considérelo como algo beneficioso para llevar todo este asunto a buen puerto y dar con el canalla que la ha dejado viúda.

-Prosiga, por favor.

-Sabe que hemos investigado a todos los allegados de su marido y no hemos conseguido prácticamente nada. Al parecer su esposo era un hombre ejemplar y no tenía malas relaciones con nadie, que nosotros tengamos constancia. Pero... tenemos una pequeña novedad. El día de ayer un hombre ha denunciado ser víctima de recibir dos extraños anónimos que lo amenazan de muerte. Se trata de Jon Gálvez, un escritor de segunda clase que aseguró haber tenido hace años una relación amistosa con usted.

-Gálvez, sí, pero de eso hace ya muchos años.

-¿Qué clase de relación mantuvieron?

-Ùnica y exclusivamente de amistad, aunque él quería algo más, insistía constantemente en que fuésemos novios, pero... éramos apenas unos críos y a mi no me gustaba lo suficiente y le rechacé. ¡Cosas de niños!.

-¿Cree usted que el sentimiento de despecho le puede durar hasta el día de hoy?.

-No, en absoluto. Han pasado treinta años, eso no tendría la menor lógica.

-Entonces, si él jura no haber presenciado el crimen, ¿quién cree usted que tendría motivos para enviar al señor Gálvez esos dos anónimos?... o planteado de otra manera, si aparentemente el móvil no fue el robo... ¿quién cree usted que tendría motivos para asesinar a su marido?...

-No lo sé, ¡no lo sé!, -y una lágrima surcó la mejilla de la guapa señora Gardner- siento no poder ayudarle a arrojar luz al caso señor Páez...

Una vez abandoné la casa de la señora Gardner buceaba en un mar de dudas. No es demasiado lógica la idea de que el asesino pudiera haber sido el propio Gálvez, sino ¿por qué denunció la aparición de las extrañas misivas?, le sería más beneficioso quedarse callado y procurar pasar inadvertido en tan escabroso asunto.

Sin tener nada claro (nunca fui un buen investigador, pero me estaba empezando a tomar el caso como algo personal) me dirigí a la casa del escritor Gálvez con el fin de hacerle algunas preguntas al portero del edificio. Una vez llegué al número de portal donde sabía que vivía, un heptuagenario hombre me abrió cortésmente la puerta y crucé el umbral hacia el hall del edificio, limpio, espacioso, con varias butacas de piel bien distribuidas por la sala y una hermosa lámpara de cinco brazos que iluminaba todos los resquicios del sitio.

A la izquierda había un pequeño mostrador con una modesta butaca tras él y un discreto televisor encendido apoyado en una mesita apropiada a tal efecto. Sin duda el escondrijo donde mataba las horas el operario.

-¿Qué desea?, me preguntó al percatarse de que no tomaba ninguno de los ascensores y que me quedaba quieto entre las butacas y mirando a mi alrededor.

-Soy el inspector Pastor Páez de la policía nacional, estoy llevando una investigación sobre un crimen cometido en el barrio hace algunos días y me gustaría hacerle unas perguntas.

-El del señor Gardner ¿verdad?, preguntó despegándose unas pequeñas gafas de la cara y dejándolas colgar de su cuello gracias a un cordón que amarraba las patillas de las mismas y dejándome ver unos ojos que reflejaban un alto grado de bondad.

-¿Conocía usted al señor Gardner?...señor...

-Tomás Sousa, me llamo Tomás Sousa.

-¿Lo conocía usted, señor Sousa?

-No, simplemente lo vi pasar unas cuantas veces, pero ya sabe lo famosa que se hace la gente cuando le ocurre algo tan horrible...

-¿Está usted siempre detrás de ese pequeño mostrador o le sustituye alguien durante algún período de tiempo?

-Me sustituye mi sobrino Julio durante las noches. Está estudiando, sabe, y... mientras atiende la portería por las noches se trae sus bártulos y estudia aquí. Es un chico muy listo.

-¿Cómo hace con el correo, señor Sousa...? ¿deja pasar al cartero hasta los buzones?.

-No, siempre me lo entrega a mí personalmente y yo me encargo de distribuirlo.

-¿Recuerda haber dejado pasar al edificio a alguna persona que le resultase desconocida?.

-Pues la verdad es que no. El último que entra por las noches es el señor Gálvez, el escritor, y cuando me sustituye Julito nunca le suele abrir la puerta a nadie.

-¿Usted mira el correo antes de distribuirlo?

-Sí, por supuesto.

-¿No repararía por casualidad en unos sobres sin franquear y sin nigún tipo de dato postal dirigidos al señor Gálvez el pasado fin de semana?.

-Pues no. Siempre repaso las direcciones concienciudamente y si existiesen unas misivas de esas características tenga por seguro que me llamarían la atención. Además teniendo en cuenta lo que me aburro metido aquí tantas horas...

-Ya... ¿en dónde podría encontrar a su sobrino Julio?.

-Ahora está en casa, Julito vive con nostotros porque sus padres todavía están emigrados en Francia. Vivimos aquí, en el entresuelo... ¡llame!, ¡llame!, es la primera puera en aquella dirección. Y me señaló una puerta perpendicular a la línea de la de los ascensores. Ya lo tenía todo un poco claro, pero había que matizarlo. Era pronto para cantar victoria.

Llamé a la puerta indicada y al abrirse se me apareció delante un hombre de unos treinta años, corpulento, de una estatura formidable y con la cara poblada de una muy crecida barba. Quizá fuese el hombre más masivo que nunca tuve delante.

-Ho... hola, pregunté, ¿está Julio en casa?

-Lo tiene delante señor, ¿qué desea?.

-Soy el Inspector Pastor Páez de la policía nacional, quería hacerle unas cuantas preguntas sobre un caso de asesinato que estoy llevando.

-Dispare, me refirió sin dignarse siquiera a hacerme pasar.

-Usted atiende la portería durante la noche ¿no es cierto?

-Sí, contestó secamente.

-¿De qué hora a qué hora?.

-Pues desde las doce de la noche hasta las nueve de la mañana aproximadamente.

-¿Suele entrar algún vecino en ese período de tiempo? ¿Entró alguien extraño estos últimos días?

-No. Contestó con la misma sequedad que antes y poniendo de manifisto que a diferencia de su tío, "Julito" era sumamente parco en palabras.

-¿Conoce usted a Jon Gálvez?

-No, me suena el nombre de verlo en el buzón, pero ni siquiera sé quien es.

-Entonces nunca ha tenido que abrir el portal durante sus guardias nocturnas.

-No, nunca entra nadie en las nueve horas que estoy, ya se lo he dicho antes.

-¿Qué está estudiando, señor Julio?

-Estoy opositando para el ministerio de hacienda, me paso la vida estudiando. Tengo treinta y tres años y aún no he aprobado... alentador, ¿verdad?.

Después de dar las gracias a "Julito" y a su tío y dirigiéndome a la central ya lo tenía todo casi claro, me faltaba un pequeño matiz. Las cartas las metió en su propio buzón el propio Gálvez, pero... ¿por qué lo denunció?. No lo sé. Llegué y me senté tras la mesa de mi despacho a la espera de que nuestro hombre llegase a su casa para, nunca mejor dicho, poner las cartas sobre la mesa...

La hora llegó, me llevé una dotación conmigo que esperó en la calle (tampoco había que hacer espectáculo) y subí sólo. Llamé a la puerta. Me abrió todavía con la ropa de calle puesta y una media sonrisa puesta también. Me formuló la típica pregunta que se formula en esos casos.

-¿Qué le trae por aquí y a estas horas Inspector Páez?

-Señor Gálvez, he estado investigando... y lo más probable es que las cartas anónimas las haya metido en su buzón algún vecino del inmueble, pero eso, si tenemos en cuenta que vive como un ermitaño y no se relaciona con nadie, que paga convenientemente la comunidad, que nunca ha tenido problemas con nadie, y que sus vecinos no den ninguna queja de usted... es algo absurdo ¿verdad?, y... los pobres porteros no son las personas más indicadas para gastar ese tipo de bromas ¿verdad?, bastante tienen ya con sus vidas... ¿no cree?... Gálvez, ¿por qué mintió diciendo haber recibido esas cartas?, ¿por qué se envió a usted mismo los anónimos?. Pregunté haciendo alarde de cierta maña psicológica que improvisaba por primera vez.

-¡No tiene pruebas!, ¡me está acusando sin pruebas!

-No le estoy acusando, es usted el que se está poniendo demasiado nervioso.

-¿Mató usted al señor Gardner?...

-Sssssí.

-¿Seguía usted amando a la señora Gardner después de tantos años?, ¿verdad?. El despecho le acompañó todo este tiempo hasta que no pudo más... ¿no es cierto?.

Llorando como un adolescente, estalló diciendo:

-Sí. La seguí amando a lo largo de tantos y tantos años en silencio y todavía la sigo amando hoy. Poco después de darme el "no" definitivo empezó a tontear con el asquerosamente guapo Luis Gardner, que además era muy buen estudiante. Yo no me la conseguía borrar de la cabeza, usted me entenderá, sólo hace falta echarle un vistazo hoy, cada día mas guapa... Los años pasaron, Gardner acabó su carrera, consiguió un próspero puesto de trabajo en una sucursal de una conocida entidad bancaria y se casaron.

Yo vivía de recuerdos, aferrado al pasado y plasmando metafóricamente mis penas en relatos que comencé a vender cursando el segundo curso de carrera, fue un paso que di y que me impidió finalizarla. Di mi vida por escribir. Planté filología hispánica en el segundo año, y todo este tiempo lo he pasado escribiendo, añorando, escribiendo, amándola en silencio, escribiendo, maldiciendo su felicidad al lado de otro hombre, escribiendo, recordando...

Hasta que un mal día, concretamente hace cosa de seis, las tres revistas para las que trabajé durante tantos años de mi vida se unieron para conspirar contra mí. Cuando entregué mis relatos en una de ellas me espetaron que mi temática se repetía en exceso, que resultaba muy monótono, que había perdido carisma, que parecía que estaba aferrado a algo que se reiteraba constantemente y subyacía en los relatos, por lo que habían considerado mejor para las tres el contratar a otro escritor, uno joven, fuerte de ideas, moderno y con el carisma que yo no tenía... y otras muchas más cosas horribles que martillearon en mí y me aseguraron sin palabras que mi reputación y mi vida pendía de un hilo.

¡No querían más relatos míos!, imagínese la situación. Enamorado de un imposible desde hacía treinta años, -ese imposible que se había convertido en mi musa de inspiración y que me impedía pensar en otras cosas para plasmarlas en escritos- y sin trabajo. Sabía que me iba a hundir.

Esa noche recogí mis pocos enseres de mi pequeño despacho (si se le podía llamar despacho) en la redacción de una de las revistas a la que di mi vida entera. Unos cuantos lápices, papel, borradores, mi abrecartas de siempre, la barrita de lacre... y poco más. Hice el camino a casa lentamente, despacio, apesumbrado, vencido, a punto de llorar como un crío, con mis cuatro cosas colgando de un dedo gracias a una bolsa de un super de ahorro, pensativo, errante, sin nada...

Cuando doblé la esquina para enfilar el callejón Miraflores vi a lo lejos a un hombre que se disponía a aliviarse de vejiga contra una pared de ladrillos. A medida que me aproximaba a la ridícula estampa le reconocí por sus peculiares orejas. Era él, el mal nacido que me había robado lo que yo más quería. La mujer que yo amaba y la inspiración para enfocar mi mente por otros derroteros. Estaba patético, tan todopoderoso y casado con la mujer más bella del mundo... y orinando en la vía pública...

El sentimiento de ira que me sobrevino fue tal que me arrojé a él como una fiera que ni yo mismo reconocía, esgrimiendo mi abrecartas a modo de puñal. Casi no le di tiempo a reaccionar, cayó al suelo de la noche, justo encima de sus propios orines. Lo apuñalé, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis... veces... perdí la cuenta. Estaba completamente cegado de rabia y de dolor, en la espalda, en los brazos, en las piernas... no hubo parte de su asqueroso cuerpo que no dejara sin apuñalar... hasta su cuello, me ensañé tanto con su cuello que no paré hasta conseguir separarle la cabeza del tronco con el poco contundente pero mortal abrecartas.

Hubo un momento en que paré, paré a contemplar con satisfacción y orgullo momentáneo (sabía que me iba a arrepentir) la "proeza" que acababa de llevar a cabo. Su cuerpo salvajemente mutilado yacía en una cama de orina y sangre. Me regodeé contemplando aquel espantoso cuadro... hasta que advertí una presencia cerca del lugar que huyó furtivamente al advertirla. Salí en su búsqueda pero nada encontré, parecía que se lo había tragado la tierra o que había huido por aire. Muy extraño.

Una vez en casa, tras haberme deshecho de mi ensangrentada gabardina arrojándola a un contenedor para no despertar sospechas en el anciano portero, la psicosis se apoderó de mí y un sentimiento de angustia me impedía respirar con normalidad. Me habían visto. Alguien había contemplado la secuencia en silencio. Se me ocurrió la idea de los anónimos y la puse en práctica...

Lo esposé y bajamos a la calle, mis compañeros nos esperaban callados.

El desequilibrado Gálvez quería inculpar al supuesto testigo del crimen con la treta de las extrañas misivas, un hombre inteligente... pero que se delató a sí mismo por miedo a que ese alguien confesara lo que había visto. Nunca se supo si en realidad alguien vivió de cerca el crimen. Quizá la imaginación del perturbado escritor le jugó una mala pasada, pues tras poner fin al objeto que la bloqueaba volvía a funcionar correctamente... oh... quizá el profundo amor que sentía por la señora Gardner fuese en realidad correspondido y unos ojos de mujer acechasen en aquel lugar... nunca lo sabremos.

© Jorge Emilio Bóveda Alvarez