Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Perros

tres o cuatro colores
que la noche emparda
y para dónde
vienen buscan siguen
algo saben
andan sonando
sus pasos en cascada
son presagio
de lo que va a quedar.

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La noche una meseta.

el alarido vertical la corta
como un relámpago
la congela
y luego es una isla
tormentosa para siempre
aquí nomás
en el tiempo.

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Después de la lluvia

Después de la lluvia
el espacio es un color anegado
de luz en mi patio el silencio
poco profundo
hace que las palabras chapoteen con ruido
gota sol
nube
charco
juguete liviano
pero es otro
silencio aturdidor
al que a veces se atreve
la voz
como a un abismo
azul
que la cambia
o la pierde.

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Tu mirada y un ángel

Tu mirada y un ángel
que se posa en mi hombro
apagando sus alas
lentamente
me traduce palabras
tu imagen al oído
resplandor
pero niebla
en los labios del ángel
niebla
entre los dientes

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Campaña

Llegaron en camiones
muy temprano y montaron
la foto con abrazo
su terrible escenario y caramelos
al aire
todos juntos
sonrisa
banderines
del nombre
mucho asado
la posta y la escuelita
largas mesas
los ojos también largos
llegaron en camiones
y se fueron
de noche.

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Apariencias

Parece que la calle
se abriera como una cremallera
cuando pasás
parece
que todos los semáforos
sumidos en amarilla incertidumbre
te miraran
para ponerse luego colorados
si hasta parece
que ilusas las vidrieras
se copiaran de envidia tu reflejo
y las baldosas
con ojos entreabiertos
esperaran el paso de tu falda
cosquilla de raso entre esas piernas
que se cierran
como disimulando.

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Esta noche

Esta noche
teje
hipótesis de puñaladas
e incestos
en lugares lejanos
no tanto
por aquí
a la vuelta
ladran perros
y sin embargo
y a pesar
un niño
duerme
y sueña.

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Sólo cuando chocaron

Sólo cuando chocaron
nuestros dos planetas
supe
que el mío era
apenas
un asteroide frío.

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Violonchelo voz

Violonchelo voz
de árbol
o
más bien
un eco
que llora
por la madera lenta
la vida de
aun
sus ramas cruje
flexión ocre
que
la veta traza
ínfima del cuerpo
con forma
de dolor

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C-Có hora cero

Arena
maquinaria
de piezas infinitas
horadando en el límite
mismo del espejismo
no hay prodigio ni suerte
el tiempo es un declive.
si se acaba esta noche
hunde la última balsa
esqueleto con sueño
de velamen absurdo
veredas que vomitan
ejércitos de náufragos
desierto de sargazos
te estrangula
sin manos otra vez
antes del sol.

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El taller

una chapa
cerrado
estopa de perro dormita en la entrada
un sueño que fusila a todo el patio
se oxida
y llega hasta la casa
como una telaraña.
el galpón es silencio de lata gigante
la fosa con aceite
boca negra que se tragó una vida.

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El Bar

Todas las noches, la barra del bar es la playa abrigada de una isla lejana. Cuando oscurece, la marea lleva hasta allí toda clase de cosas: estrellas de mar con las puntas mutiladas, duros mascarones de proa, inocentes veleros extraviados, botellas que olvidaron su mensaje, mensajes en busca de botellas, viejos piratas que han perdido su barco, y una que otra ballena varada. Pero cuando comienza a amanecer, e irremediablemente todos han aceptado ya su condición de náufragos, entonces la marea se los lleva de nuevo mar adentro, y sólo queda la resaca de vasos con rush, ceniceros desbordantes y servilletas sucias. Cuando queda vacío, el bar tiene ese aspecto de envase descartable... de utilería usada. Luego, las sillas hacen el subversivo malabar de sentarse en las mesas con las patas para arriba, y los ruidos (que hace poco eran continuos y asonantes) se vuelven sistemáticos y pausados, a medida que el lento ritmo del orden transfigura el espacio purificándolo todo, mientras en la cocina los vasos, a fuerza del enjuague, pierden lentamente la memoria del alcohol y el manoseo. De repente, un mozo que barre debajo de las mesas, toma de la basura, sin reprimir un gesto de fastidio, cuatro o cinco zapatitos de pies izquierdos, para luego bajar al sótano y arrojarlos al deposito, junto con todos los otros zapatitos que jamás fueron reclamados por príncipe o cenicienta alguna.

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Extinción

Tengo miedo
de que vengan a buscarme
los televisores
los concursos
los shopings
tengo miedo, mucho miedo
de los autos nuevos
conducidos por mujeres desnudas,
y de las mismas mujeres
conducidas por hombres con autos nuevos.
Tengo miedo y me escondo
aterrado
temblando
resignado
esperando
detrás de sólo un yuyo
y ellos...
ya vienen degollando
con fiestas topadoras
micrófonos y premios
y una tormenta turbia
de luz
y siliconas.

© Carlos Blasco