Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Los ojos muertos como perdidos en el mar, la oscura inmensidad que perfora las almas vagabundas en las calles hambrientas de Buenos Aires, la apatía y el desamparo de muchas noches ruidosas de soledad, son a veces el disfraz en esta fiesta sin invitados: la vida.

Metáforas que sirven a los que creen que los ojos son espejos del alma.

El mar, sus aguas verdes como un fiel espejismo del cielo son la vitalidad que alimenta a las aves que no dejan que el tiempo las posea, solo aprenden durante años a volar.

Ese mar, que lleva la calma a las playas lejanas sepultando secretos, aliado del viento y la sal. Eleva las olas desafiando tormentas, arrastrando la mente de los hombres que en el muelle miran, miran y viajan para internarse en ese universo que los desnuda de grandeza.

Pobres mentes que persisten en entender al vasto mar y los misterios que en él duermen.
La marea contempla la luna y obedece.

El viento corre y arrasa con toda la calma que ya es recuerdo y el mar, soberbio, actúa para él. Remueve sus alas y abraza todo lo que encuentra.
Las aves se refugian en su vuelo, los misterios en el sueño, la calma se hace olvido en las playas lejanas y el muelle tiembla pero, inmóvil, resiste los latigazos de agua y sal.

El viento se abre paso ante el dolor; el muelle, que es el tiempo, sangra ante sus ojos y un ardiente alivio como el fuego que acaba con la escoria, llena sus manos y las seca por un instante y es suficiente.

Los hombres que miran la ventana abierta de los tiempos, no advierten que lo que ven, no es delante, sino dentro de ellos. Ese universo, el mar, el sueño y el corazón buscan inciertos mientras en los confines, el despertar aguarda ser hallado.

Pobres mentes que intentan comprender los designios de Dios y los caminos de su amor.
Los hombres miran y viajan, como perdidos en el mar, y son un suspiro en la gran obra, un átomo en la eternidad.

© Diego Bisio