Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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A orillas de la muerte

Jamás pensamos que esa tarde no volveríamos al barrio que nos vio nacer, ese lugar que era testigo de todos los juegos que llevábamos a cabo hacía ya doce años. Nosotros teníamos catorce, y desde que la memoria había nacido en nuestra mente, El Palmar, un suburbio de Santa Fé, nos alojaba a mi y a mis dos amigos.

        Era un pequeño pueblo a orillas del río, muy cerca de la Capital. En total éramos mil habitantes, por lo que todos nos conocíamos y sabíamos cada pequeño chisme, hasta pasando por los conocidos amoríos de los grandes empresarios de la zona, esos empresarios que no dejaban que nadie entrara en su territorio, pero que de a poco estaban vaciando la tierra fértil que nos abastecía desde los tiempos de nuestros abuelos.

        Para esta edad, las chicas ya eran algo más que unas simples compañeras de juego o pasajeras bailarinas durante los bailoteos que se llevaban a cabo en el salón, el único salón que teníamos y donde se juntaban todos: chicos más grandes que nosotros, chicas mayores (apenas sabían de nuestra existencia) que eran intocables, estaban allá arriba como si fueran Diosas.

        Pero nuestro target no era descabellado, ni ilógico o incoherente. Bueno, quizá si un poquito incoherente.

 Un año atrás, una familia de humildes campesinos se habían mudado al pueblo. Sus hijas acapararon todas las miradas, incluso las nuestras. Eran tres bellezas, con sus largos cabellos rubios, una cabellera que parecía jamás haber sido cortada en sus jóvenes años de vida. Y no es por agrandarme, pero siempre supe que la mayor estaba atrás mío; mi sexto sentido jamás me fallaba y en esta ocasión no era la excepción.

Y para no pasar inadvertidos ante ellas, la estrategia era más que firme: un plan que jamás fallaría. Aunque la poca práctica que teníamos en el momento de encarar una mina nos jugaba en contra. Sin embargo, no teníamos nada que perder, más que nuestra vergüenza.

        La cita estaba pautada para las tres a orillas del río. El encargado de apalabrarlas no era nadie más que yo. Siempre me mandaban al frente a mi, como una especie de vocero del grupo. Quizá porque era el menos vergonzoso, el más cararrota, quien tenía la facilidad de comenzar una charla hablando del amor (a veces hasta yo me sorprendía por mi chamullo infalible) o de las relaciones de pareja. Era realmente un momento bastante delicado, ya que no tenía que portarme descortésmente y ser muy cuidadoso con las palabras que utilizaba (con los chicos hablamos mal, somos muy bocasucias) ni tampoco pasarme de la raya en el ofrecimiento: era todo o nada. Nuestro destino amoroso dependía de ello.

        Creo que hasta hoy no logro entender porque fue que pusimos como lugar de encuentro el río. Si hubiera sabido todo lo que ocurriría después, tanto con las chicas como con mis amigos ni siquiera se me hubiera cruzado por la cabeza elegir ese lugar.

        Durante mis viajes a Santa Fé para visitar a mi familia, en continuas oportunidades me invitaron a navegar por el mismo río donde había pasado mis últimos dieciséis años. Nunca acepté. La impresión y el sobresalto que me producía volver a ese lugar me lo impedían. Era algo psicológico creo, demasiado chocante para mi conciencia.

        Al llegar las chicas, mis amigos tenían listo lo que nosotros llamábamos nuestro “Nido del amor”, un lugar preparado específicamente para nuestras citas especiales, aquellas que son verdaderamente exclusivas y de las cuales unas pocas han participado y disfrutado del beneficio de ser invitadas. No todas tenían este beneficio.

        Luego de un buen rato de conversar, sus sonrisas estaban floreciendo con el correr de los minutos y los metros que las separaban de nosotros se habían acortado considerablemente. Sus pequeños cuerpecitos pedían a gritos ser tocados, así como sus labios se desesperaban por conseguir un beso nuestro. Y el beso llegó.

Casi al instante, cuando una de ellas (la que a mi me gustaba) se acercó a mi, pasó su mano por detrás de mi cuerpo y me estampó sus labios como obligándome a continuar con el mismo movimiento. Fue tan lindo que apenas puedo describirlo. Sentía una dulzura en sus labios que me desconcertó completamente.

        Los demás chicos, al vernos actuar, decidieron no quedarse atrás y seguir nuestros pasos. Y las chicas, como era de prever, aceptaron.

        Todo estaba saliendo a la perfección. El sol recién comenzaba a esconderse y el atardecer ya era una realidad.

        Los ruidos en los matorrales se produjeron justo cuando yo levanté la mirada y parecía moverse por entre los pastos un enorme bulto que, obviamente, pretendía hacerse notar. Al principio pensé que eran los chicos de la vuelta de casa. Casi todos estaban enterados que nos íbamos a encontrar con las chicas y sus celos podían llevarlos a cualquier extremo.

        Al salir, la sombra nos sorprendió a todos. Era el loco Berni, un borracho que vivía en El Palmar desde siempre. Recuerdo que mis papás continuamente contaban historias sobre él. Tenía treinta años, aunque parecía el doble. Su larga barba sin afeitar, muy desalineada, no pretendía mostrarlo elegante ante nadie. Berni no tenía familia. Por lo menos ni los chicos ni yo la conocíamos, pero era un tipo totalmente inofensivo. Al menos hasta esa tarde pensábamos así...

        Cuando salió de los arbustos las chicas nos miraron asustadas, pero yo, al devolverles la mirada, les di a entender que nada iba a pasar. Mis amigos salieron corriendo como si Berni estuviera a punto de saltarnos encima. Yo me quedé y las chicas empezaron a gritar. Unos gritos poco alentadores, ya que estábamos muy alejados del pueblo y ellas no conocían el camino de regreso. Mi mente se nubló y no supe que hacer. El loco se acercó y nos dijo unas palabras que apenas entendimos, ya que su borrachera impedía captar sus expresiones.

        Cuando se abalanzó sobre las chicas, el shock que me atrapó no me dejó hacer nada. Dos lograron escapar, pero una se quedó. La que estaba conmigo no pudo huir y él, con sus manos, la tocaban como si fuera una prostituta.

        Nunca lo había visto actuar así. Parecía un monstruo. Salí corriendo y los alaridos no dejaban de acompañarme. La estaba dejando sola y la culpa parecía no aparecer. ¿Qué estaría pensando yo en ese momento?.

        A medio camino me arrepentí y volví a las corridas. En mi vida había visto algo semejante. Su cuerpo estaba echado sobre la orilla, con mucha arena encima y marcas en sus manos. El vestido rosa que llevaba puesto le tapaba la cara, ocultando su horrorosa expresión en los ojos.

Berni apenas se divisaba a lo lejos, ahorcado con su cinturón sobre el imponente árbol que resaltaba en el lugar.

Ella estaba pálida. Jamás había tenido enfrente mío a un muerto. Su vestido estaba roto, todo rasqueteado y con moretones en las piernas y sobre el pecho. Berni la había violado y luego, para controlar los intensos y ruidosos chillidos, la había asfixiado con su cinturón, con el cual luego seguiría el camino de su muerte.

Decidí agarrarla y llevarla el río para que éste se la lleve. Berni parecía mirarme desde el árbol. En un momento pensé que ella había abierto los ojos, pero sólo fue un juego de mi imaginación.

Encontré a mis amigos una hora después.

Pactamos jamás volver a tocar el tema. Ella nunca apareció. Todos los días me replanteo una y otra vez porque huí y no me quedé a defenderla. Pensé que el río curaría mis heridas, pero pasaban los momentos y la cicatriz se agrandaba cada vez más...

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Alivio

         A los 16 realicé mi primer asesinato.

Ya había dejado la escuela hacía un año y mis padres me obligaron a empezar a trabajar en el negocio de la familia: venta de lácteos, artículos para el hogar, galletitas. Era un buen atendedor, tenía compradas a todas las viejitas del barrio y siempre, antes de salir del local, me dejaban unas monedas de propina. Las señoras del barrio....A esas si que las voy a extrañar...

Cuando se mata a alguien, lo primero que se observa con atención, detalladamente, son los gestos y las muecas de la víctima. El dolor no es nada comparado con una tortura realizada en base a tormentos psicológicos previo al deceso: las palabras o expresiones poco alentadoras hacia la persona son casi más mortales que un puñal sobre el pulmón o estratégicamente colocado en una arteria.

Debo ser sincero: no me gustó para nada tener que comenzar a leer libros de anatomía para encontrar los puntos clave para matar a alguien. Palabras muy confusas, lugares del cuerpo que ni siquiera estaba enterado que existían, sangre por todos lados. Durante mis primeras experiencias, la sangre se esparcía de una manera poco grata para poder describirla con palabras. Era verdaderamente desagradable. Llegaba a casa completamente manchado, con pintadas rojas por toda la ropa. Siempre la misma ropa.

Parecía haber adoptado una cábala, algo que me servía de amuleto en esos momentos: el jean azul con la remera blanca de los Rolling, siempre la misma combinación. Aprendí a sacar esas manchas, y la vez que lo metí junto a la ropa de todos...El susto que me pegué, y ni hablar de mamá. Todavía recuerdo la excusa y me dan ganas de reír, pero en su momento fue algo trágico. Su cara estaba enmarcada en una expresión poco alentadora hacia mi.

-¿Qué pasó?.

¿Te peleaste con alguien?.

¿Por qué nunca nos contás que te pasa?-

Las tres preguntas que mi mamá tenía en su libro de cabecera, a la hora de cuestionar actitudes, malestares, formas, modos y distintas maneras de vivir mi vida. Creo que jamás, pero ni una sola vez, le conté algo a ellos. Con mi papá tenía un poco más de confianza, éramos más compinches, jugábamos al fútbol, íbamos a la cancha los domingos, le contaba de mis chicas (al tener 16, las chicas pasan a formar parte de nuestra vida casi como el fútbol, casi) y nuestra relación era un poco más fluida quizá. Sin embargo, el trataba de adentrarse en mis pensamientos, y de vez en cuando le respondía con indirectas o puntas de ayuda.

-Sabes que podes contar conmigo para lo que sea.-

Era extraño, pero a la vez sentía ganas de expresar mis sentimientos con él, aunque algo dentro mío me decía que no lo hiciera.

Con el tiempo algunos errores de novato se van corrigiendo. Una puntada de más, la estocada que indica el último suspiro, el pulso, la presión. Son muchos los detalles que a veces se dejan de lado, aunque en muchas ocasiones inconscientemente.

¿Cuál era el motivo que me llevaba a matar?. No lo se. ¿Qué me impulsaba?. ¿El por qué de todo esto se basaba en experiencias traumáticas de chico? Las respuestas en este caso no tienen ningún sentido. El uso de la razón carece de un juicio específico para explicar mis razones. Sólo sentía alivio.

 Y simplemente asesinaba.

Mi “Modus Operandi” seguía a rajatabla varios métodos ya utilizados por célebres asesinos. La mayoría yanquis. Esos si que estan locos de remate. Utilizar un saca corchos para extirpar el cerebro de alguien...Hay que tener demasiada imaginación para pensar una forma de sacarle el cerebro a una persona. Yo, simplemente, cortaría parte de la cabeza y lo separaría lentamente.

Algunos eran realmente brillantes, auténticos artistas, aunque otros se merecían el infierno para vivir por el resto de sus días.

El primero fue Horacio, un vecino que vivía a unas 4 cuadras de casa. Jubilado del Colegio de martilleros, el dinero le alcanzaba para vivir al día y mantener su humilde vivienda. A sus 56 años, el cáncer lo había afectado de tal manera que apenas salía unas dos o tres veces de su casa para hacer las compras del día. Su mujer había fallecido diez años atrás y la soledad se apoderaba de él de a poco.

Llegué a la conclusión de que su muerte fue el fin de todo un sufrimiento que él llevaba consigo casi como una cruz enmarcada en su pecho. Así de simple. A medida que despellejaba el tórax, el apéndice se hacía visible. Es llamativa la forma en que las costillas se contraen cuando el tórax es abierto. Era muy impresionante. Decidí conservarlo hasta que todo termine. Nunca encontraron su cuerpo.

Mi sensación carecía de odio. Al contrario: sentía que mi alma se limpiaba, se purificaba a medida que las muertes se sucedían. Y sentía que esta vez ni iba a ser la primera ni la última.

Los ojos llenos de tristeza de la señora Tornini fueron muy difíciles de superar. Recuerdo que estuve varios días pensando en ella. Al despellejarle el bazo, la cola del páncreas dejó de funcionar y la vena esplénica tuvo problemas para continuar sus activos movimientos. Sus pulmones estaban destruidos. Elbita, como disfrutaba que le dijeran, fumaba desde los 12. Casi 60 años con humo en sus pulmones. Su clavícula estaba luxada: durante los golpes que le propiné, uno de ellos fue a parar al esternón, y lo descoloqué involuntariamente. Las lágrimas le caían a medida que el dolor aumentaba. El cuchillo en el pecho le propinó la muerte. Sus ojos dejaron de mirarme.

Se había convertido en una adición, una catarsis que llevaba a cabo todos los viernes, sin interrupción. La constancia se había convertido en la clave para practicar diferentes cortadas.

Los gritos los tenía intervenidos mediante un pequeño truco. Había conseguido en la farmacia, por medio de un amigo, el Franqui, una solución química que paraliza las cuerdas vocales al menos durante unos 40 minutos, y el proceso se llevaba a cabo con mayor tranquilidad.

-Es para el perro, sufre mucho con las inyecciones- había argumentado yo al conseguirlas.

Últimamente no le estaba prestando demasiada bolilla al Modus Operandi: la ira me invadía y los cuchillazos lanzados impactaban en todo el cuerpo. En el último contabilicé 103. Los agujeros estaban en todos lados. No se que me sucedía. Me costaba controlar un supuesto enojo y la fiereza que me producía tener delante a alguien me llevaba a convertir esos pensamientos en realidad.

Ya tenía 22 años. Todo era cuestión de rutina en mi vida. Los asesinatos no paraban, y la frecuencia había subido considerablemente. Ahora eran tres por día. ¿Alguna vez tendrían fin?.

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Amor equivocado

        Me fui sin despedirme y creí que al menos notarían mi ausencia.

Ni un “Hasta luego”, menos un “Nos vemos” y ni siquiera un “Chau”. Nada.

El silencio mostraba su mejor cara de amargado y me daba la espalda en frente de todos. Di media vuelta y me levanté de la mesa.

Por supuesto que el comentario de mi tía Teresa no podía pasar inadvertido. Ella siempre tenía que resaltar, ser el centro de todo, la estrella de la función. Pretendía que el mundo se detuviera unos minutos sólo para escucharla. Que ilusa.

Entre mi risa irónica y un gesto que lo decía todo en mi cara soltó su frase:

-Que falta de respeto, dejar a la familia como si fuéramos desconocidos. Mocoso irrespetuoso-.

Si pretendía irritarme o situarme en un momento incómodo enfrente de todos, definitivamente andaba por el mal camino. Disfrutaba de sus comentarios sin sentido ya que mientras dirigía sus alegóricas palabras a mi, yo comenzaba a pensar en mi novia. No veía el momento de encontrarme con ella, llenarla de besos y tirarnos en mi cama a contarnos sobre nuestras vacaciones. De mis malditas vacaciones en Tandil.

Cuando bajaba nuevamente a la realidad, Teresa repetía siempre las mismas palabras al finalizar su conocido y ya memorioso sermón: -¿Cuándo vas a crecer?-.

Ella no sólo estaba ausente en mi vida, sino que su presencia era insignificante, nula. A veces hasta me hacía dudar si en realidad era un ser humano o si los extraterrestres la habían dejado en cautiverio cuando era una niña cerca de la Piedra movediza. Yo rara vez advertía detrás de sus orejas unas pequeñas antenitas que se movían al compás de sus palabras. Ella odiaba que la molestara con eso. Por supuesto que a mi me divertía a lo loco.

Salí al jardín y me tiré un rato cerca de la pileta. Acerqué los dedos al agua y todo mi cuerpo se congeló instantáneamente. Los escalofríos duraron un buen rato.

Mi prima apareció. Nos comenzamos a reír y ella propuso ir a caminar. Me gustó la idea. Odiaba estar en esa casa. Ni uno solo se salvaba, ni siquiera el perro, Tobías, quien en más de una ocasión había tratado de morderme. La casa era una especie de infierno a la luz del día, con toda su comitiva (mi tía, su esposo, hermanos, entre otros) en plena función de sus tareas: tratarme mal y hacerme sentir insignificante.

La única que me demostraba cariño era mi prima. Parecía un ángel: sólo le faltaban las alitas y el característico traje blanco. Ella demostraba una dulzura para conmigo que me enternecía completamente. No podía entender como había salido de esa familia.

Me gustaba mirarla, disfrutar de su sonrisa mientras me contaba de sus aventuras escalando pequeños montes. Nunca pensé que podía maravillarme de una sonrisa, de una boca tan perfecta. Me había enamorado de ella casi sin darme cuenta.

Sentados en la cima de un pequeño cerro del centro, la charla comenzó a tornarse muy íntima. Nunca habíamos estado tan cerca, físicamente hablando.

Nuestras miradas decían cosas que las palabras jamás podrían encontrarle un significado verdadero. Definitivamente nos atraíamos.

Ella era muy tímida. Las veces que estábamos juntos, había ciertos temas que estaban prohibidos, que no podían ser tocados de ninguna manera. Mi novia era uno de ellos. Sus celos se hacían notar, ya sea cuando hablábamos por teléfono o por carta, y en ciertos gestos me demostraba una aparente apatía para con ella.

Los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que mi prima se acercaba o pasaba una mano por mi cara. Creo que disimulaba bastante bien, pero esa tarde exploté.

No escuchaba sus palabras ni miraba sus ojos. Observaba sus labios. Eran hermosos. Estaba dispuesto a dar lo que sea por tenerlos cerca de los míos y concretar ese beso tan ansiado, beso que estaba casi suspendido por nuestra maldita relación de familia.

¿Desde cuándo existe una ley que prohíbe que dos personas se amen?. ¿A quién podíamos incomodar estando juntos?.

A mi tía, claro está.

Nada nos importó. Todo quedó en segundo plano. Cuando sus labios apenas rozaron los míos quise guardar ese momento para poder repetirlo cuantas veces quisiera en mi memoria. Fue increíble y algo que nos chocó a los dos muy fuerte.

Nuestros labios se separaron bruscamente y ella se fue sin decir nada. Me dejó atónito. Quería entender lo que había sucedido pero no encontraba el por qué.

Ni un “Hasta luego”, menos un “Nos vemos” y ni siquiera un “Chau”.

Nada.

Solo un imaginario “Hasta nunca”.

© Ignacio Barandiain