Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El estanque

Para Clelia el largo viaje a través de Nueva Orleans había sido muy interesante. Una típica porteña como era ella se sintió muy conforme con lo que vio y aprendió en cada ciudad y pueblo que visitó. La hospitalidad de los sureños era más que satisfactoria.

Ahora se hallaba recorriendo a pie una ruta que serpenteaba entre pantanos y pintorescos bosquecillos de cipreses. Aunque era media mañana hacía un calor espantoso; y no pasaba ningún auto cómo para probar suerte haciendo dedo.

A media que subía el sol también lo hacía la temperatura; hasta que llegó un momento en que la mujer sintió que si no se refrescaba, aunque fuera solo un poco, el sudor que se desprendía de su cuerpo terminaría por disolverla. Se detuvo en la banquina, se quitó la pesada mochila que llevaba y, sentándose sobre ella, se puso a observar el paisaje que la rodeaba. De entre las ciénagas y arboles emergía una vieja casa de madera que debía tener no menos de cien años. Al costado de ella había un piletón. No era otra cosa que un simple estanque cavado en la tierra y llenado seguramente con agua de lluvia. Pero a la acalorada Clelia se le aparecía como un oasis en medio de un desierto.

La viajera se apoyó sobre la cerca que separaba la casa del camino. No se veía ninguna persona en el jardín y las ventanas estaban cubiertas por gruesos cortinados plásticos de un verde oscuro y brillante. Notó que el estanque quedaba oculto de la edificación por un grupo de fresnos de frondoso follaje.

Clelia esperó un rato, pero no apareció nadie. Entonces, sin pensarlo más, saltó la cerca y se acercó al piletón con la cautela de una fiera que se aproxima a su presa. No esta bien lo que voy a hacer- pensó-. Pero necesito refrescarme un poco. De ultima, lo mas que haría el dueño es echarme a los gritos.

Se desnudó y se metió lentamente en el agua. Una sensación de frescura la invadió de súbito. Era como volver a la vida. Se quedó un rato inmóvil, dejando que el agua limpiara de sudor cada poro de su piel. Entonces se froto el cuerpo con las manos y luego sumergió la cabeza para lavar sus castigados cabellos. Fue cuando volvió a la superficie que vio a un anciano asomándose entre los arboles que separaban la casa del estanque. Vestía un jardinero raído, manchado de tierra, y un sombrero de paja. Salvó la boca, ojos y nariz, todo su rostro estaba cubierto por una barba espesa y canosa.

- Me gustan las visitas- dijo el hombre, cuyos ojos, de un gris acerado, se clavaron en los voluptuosos pechos de Clelia-. Pero no precisamente las que entran a mi propiedad y se bañan libremente en mi estanque sin pedirme permiso. ¿Es que acaso no te da vergüenza?

Clelia se tapó los senos con las manos.

-¿Y no le da a usted vergüenza mirar desfachatadamente a una mujer desnuda?- exclamó.

El anciano sonrió con la inocencia de un niño.

- Discúlpame tú, si te cruzas frente a mis ojos cuando salí a ver si a mis cocodrilos les hacía falta comer. Pero creo que dentro de un rato su apetito estará satisfecho.

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Limado

Aquella fría y brumosa madrugada de miércoles Ignacio salió de su casa en su coche y se fue rumbo a la remisería donde trabajaba. Otro miércoles mas de nervios, miedo y la incertidumbre de no saber si al día siguiente todavía seguiría respirando. En pocas palabras, un miércoles como de costumbre.

Al llegar a la puerta de la agencia levantó la manga de su campera y observo el reloj.

— Todo bien, todavía faltan como veinte minutos — Pensó, mirando las agujas y tranquilizándose un poco.

Cómo de costumbre, al entrar encontró a Freddy, el telefonista, que anotaba unos viajes sentado tras su escritorio.

— Buenas, loco — dijo el chofer, sacándose su pesada campera de cuero y apoyándola en un sillón— . ¿Todo bien, che?

El hombre levantó lentamente la cabeza y comenzó a juguetear con la birome, tomándola por los extremos. Su rostro estaba extremadamente pálido.

— S..sí. Todo bien, Nacho—tartamudea el telefonista, con un hilo de voz nerviosa— . T.. te... te estaba esperando. Tenés que hacer el viaje de siempre.
— Sí, ya sé. Pero todavía falta un rato. Y, además, ¿ qué mierda té pasa que hablas así?

En ese momento se sintió la descarga del inodoro desde el baño, la puerta se abrió y, ante los ojos de Ignacio, apareció ese viejo pelado, agresivo y de mirada desquiciada. Desde hacía dos meses venía a la agencia todos los miércoles, siempre en el turno de Ignacio. Y como a esas horas era el único chofer disponible, era él quien debía llevarlo hasta un símil de casa que el pasajero tenia en Temperley.

El viejo, todavía abrochándose los pantalones, observó detenidamente al chofer y le sonrío, mostrándole unas encías amarronadas por años de cigarrillo.

— Llega un poco tarde el fracasadito. ¿No? — dijo, acercándose casi hasta la nariz del remisero.

Los pies de Ignacio comenzaron a temblar con tanta fuerza que sentía que no se podía mantener parado. Se le hizo un nudo en el estómago. El viejo había llegado veinte minutos antes, pero a él ni se le ocurría decírselo. Hacerlo podía costarle convertirse en un remisero muerto.

— Si tiene razón, Oscar. Le pido mil disculpas — el chofer sentía que su garganta se resecaba como barro bajo un sol fuerte— . Es que al auto le costo un poco arrancar. Usted sabe como se ponen los motores con el frío.

El viejo Oscar seguía manteniéndose a escasos centímetros de la nariz de su interlocutor. Su desquiciada sonrisa se hizo todavía más notoria.

— Pero ahora anda bien. ¿ No? — dijo.
— Si, si, si — contesto Ignacio, moviendo la cabeza en un insistente gesto positivo- ahora anda perfecto.
— ¿Estas totalmente seguro? Mirá que no tengo ganas de quedarme varado en el medio de la nada porque un forrito ignorante no cuida bien el motor de su coche- aclaro el pasajero, que veía divertido el nerviosismo del chofer.
— No, no, no,- dijo Ignacio, casi gimiendo y con la cabeza ahora baja- le pido por dios que me crea. No va a pasar nada, el motor anda como un reloj.
— Más te vale — advirtió Oscar— . Digo... por tu bien y por el de esta agencia.

Mientras el pasajero decía esas palabras, Ignacio pudo ver como a Freddy le temblaban las manos, que aún sostenían la birome.

— ¡ Dale, vamos! — el viejo movió la cabeza, señalando la puerta— No tengo mas ganas de estar en este lugar de mierda, hablando con dos tipos pelotudos como ustedes.
— Sí, sí, enseguida — obedeció Ignacio, poniéndose rápidamente la campera.

Salieron a la calle y se dirigieron al coche. El viejo se paro impaciente a esperar que su chofer le abriera la puerta.

—Está sin llave — pensó Ignacio— No te cuesta una mierda abrirla. Pero si te lo digo seguro me partís la nariz

A diferencia de los viajes anteriores, esta vez el viejo Oscar se desparramo en el extenso asiento y recostó su cabeza sobre el borde del mismo. A los pocos minutos de viaje el hombre dormía como un bebe. Para Ignacio eso fue un bálsamo. Manejo mucho más tranquilo y menos preocupado por el pasajero que llevaba. Aunque, por si acaso, de tanto en tanto el chofer le echaba una mirada. Era un misterio porque se aparecía todos los miércoles, siempre a la misma hora.

— ¿A que mierda se dedicara el viejo este?¡ Y que panza tiene! Parece que esperara una familia completa.

Ignacio había oído rumores -de boca de los mozos de un bar que el frecuentaba- de que su habitual pasajero estaba ligado con la mafia y traficaba droga en boliches y bailantas. Algunos hasta se atrevían a decir que era miembro de la banda del Jacha, el terror de la zona Sur. El remisero deseaba con fervor que todo aquello fueran solo habladurías.

Un rato después, cuando el conductor arranco al darle luz verde un semáforo, el viejo se despertó bruscamente. Largo un sonoro escupitajo sobre el tapiz del asiento y miro por ambas ventanillas.

— ¿Cómo era tu nombre? — preguntó inesperadamente al chofer.
— Ignacio — contestó, con un hilo de voz.
— Ah, sí. Ahora me acuerdo — replicó Oscar, acariciándose la barbilla con los dedos.

El viejo miró otra vez hacía afuera y luego se acercó a Ignacio, colándose como víbora por entremedio de los asientos delanteros.

— ¿Sabes algo, Ignacio? — dijo— . ¿Viste cuando uno se despierta y tiene uno de esos antojos raros? Vos sabes, esas ganas de hacer algo con lo que estuvo soñando toda la noche. Entendés de lo que hablo. ¿No?

El viejo parecía haber sufrido una transformación en su rostro: tenía una expresión jovial, la piel colorada y los ojos parecían querer salirse de sus cuencas.

Que pinta de limado tiene este tipo— pensó Ignacio, al mismo tiempo que asentía con una sonrisa forzada.

— Bárbaro — contestó ante el gesto de su chofer— . Porque acabo de despertarme con muchas ganas de matar a alguien. ¿Sabés?

Ignacio sintió un cosquilleo que le recorría el pecho. Sus manos se aferraron con fuerza al volante.

— Je, je — el chofer intentaba sonreír pese a los nervios— . Yo lo entiendo. ¿Quién no se despertó alguna vez con ganas de hacer mierda a la gente? A mí me pasa seguido.
— ¿Qué cosa té pasa seguido? — Oscar abrió desmesuradamente los ojos. Las pupilas le brillaban, como dos perlas flotando en una taza de café.
— Usted sabe... — balbuceaba el chofer— . Uno duerme mal... o tuvo un día fulero en el laburo... y termina con esas ganas de romperle la cara al primero que se le cruce adelante.

Oscar chasqueo los dedos. Ignacio se sobresaltó.

— ¡Aunque no parezca, sos un poquito piola! — exclamó, siempre con los ojos clavados en Ignacio— . Todos tenemos esos días. Y bue... hoy me toco a mí- agrego, al tiempo que abría uno de los bordes de su campera.

Con una mezcla de asombro y horror, Ignacio pudo ver que del interior del abrigo sobresalía una culata, aunque estaba muy oscuro para distinguir de que arma se trataba.

— ¿Y? — preguntó impaciente Oscar, mientras sacaba lentamente la mano del bolsillo empuñando el arma — ¿ A quién se te ocurre que puedo matar? Es para sacarme el gusto. ¿Viste?

Ignacio jadeaba. La frente se le cubrió sudor y el corazón golpeaba su pecho cómo si este fuera un tambor. Inconscientemente Piso con fuerza el acelerador y el coche salió disparado como tromba. Entonces, sintió el martilleo de un percutor.

Este tipo está limadísimo ¿Qué carajo hago?

— Y ¿ Qué pasa? — volvió a interrogar el impaciente pasajero— . No vas a decirme que voy a tener que quedarme con las ganas.
— ¡Mierda, mierda! Este hijo de puta me va a bajar acá nomás. ¡Mañana salgo en Crónica!

Su mente comprendió que no había salida. Lo único que podía hacer era rezar porque el viejo, de tan drogado que estaba, no lo hiriera mortalmente.

Entonces, sobre una esquina, vio a un solitario hombrecito con una pila de diarios bajo el brazo. Sin pensarlo, frenó el auto, acompañado por el chirrido de las ruedas. Oscar prácticamente quedó incrustado contra la consola delantera.

— ¿Qué mierda pasa? — pregunto el viejo, incorporándose con la pistola en la mano— . ¿No sabés que a los semáforos de noche no hay que darles bola?

El chofer ahora sonreía, como si en un partido de truco tuviera treinta y tres de mano.

— Mire, jefe — dijo, señalando la esquina donde estaba el diariero — ¡Ahí tiene! ¡Sáquese el gusto, nomás!

Oscar observó. Otra vez una cínica sonrisa apareció en su rostro.

— Decile que se acerque — ordenó, mientras volvía al asiento trasero— . Tengo ganas de saber como salió anoche Temperley.

Ignacio bajo la ventanilla y llamó al canillita con la mano. El petiso se acerco dando zancadillas, mientras extraía un matutino de la pila que cargaba. Cuando estuvo frente al coche bajo lentamente su calva cabeza para observar al conductor.

— Un peso, Maestro— dijo, con voz alegre, a la vez que le extendía el diario. Pero Ignacio solo le devolvió una alargada mirada de resignación.

El hombrecito dio un paso atrás, quizá intuyendo algo. Pero ya era tarde. Un disparo salió de la ventanilla trasera y fue a dar a su cabeza. Un lacerante grito de sufrimiento acompañó la caída del hombre. El cuerpo golpeó contra la puerta y fue a dar al piso, dejando una huella de sangre en la chapa del auto.

— Oscar saco medio cuerpo del auto y miro el cadáver. De la pelada, perforada por el tiro, la sangre manaba como lava de un volcán. El viejo había disparado de tan cerca que la cara del hombrecito quedó ennegrecida por la pólvora.
— ¡ A ver si con eso te crecen las chapas, que te parió! — rugió con satisfacción el asesino. Y, acto seguido, volvió a desplomarse en el asiento para seguir durmiendo.

Con la cara y la ropa salpicadas de sangre, Ignacio, ahora mucho más tranquilo, continuó el camino que habitualmente hacia todos los Miércoles.

© Javier Arbelo