Una noche de junio

Una noche fría y luminosa de junio; el brillo de la luna y las estrellas atraviesa la niebla que viene del río, alumbrando al pueblo.

En noches como esta, sus habitantes se guardaban temprano en sus casas junto a la calidez del fuego y el sonido de los televisores.

Pero hoy algo distinto ocurre. Todo está en silencio, pese a que las luces de las casas están encendidas. Los vecinos, algunos solos, otros en grupos, dejan sus hogares y callados caminan por las calles rumbo al bulevar que costea el río, hacia la casa de la familia Iruzta, una de las familias fundadoras del pueblo.

Es una casa blanca rodeada de un parque de árboles añosos, separada de la calle por una reja alta y un portal de madera oscura. Sólo unos pocos pobladores, los más viejos conocieron a los primitivos dueños de la casa, pero todos conocen a la familia del Dr. Iruzta, el médico del pueblo, su esposa y sus dos hijos mellizos, adolescentes.

Los amigos y vecinos que entran en la casa, recorren el largo camino, suben la escalera rodeada de columnas y entran, acongojados, en el amplio salón, de la que se retiraron los muebles para convertirla en sala mortuoria.

Ambos féretros se encuentran juntos, rodeados de velones y coronas de flores, que enrarecen el aire con su aroma dulzón.

Nadie habla; solo contemplan el rostro sereno de los dos hermanos, apacibles en la muerte. La noche fría, estrellada, cubre con su manto gris, la casona blanca ubicada en el bulevar frente al río, envuelta en una tristeza infinita.

Un accidente terminó con la vida de los dos hermanos, apenas adolescentes, queridos por todos.

Nadie comprende como pudieron desbarrancarse con la moto, con la que siempre recorrían las calles del pueblo, ni porque estaban en ese lugar, lejos del pueblo y de todos los lugares adonde los chicos se reunían.

Luego del entierro, los padres cerraron la casa y se fueron a vivir a La Plata.

Pasó el tiempo. El parque de la casona blanca se fue llenado de yuyos, que terminaron ahogando los parterres llenos de flores. El blanco de la casa se tornó gris ceniza y los habitantes del pueblo dejaron de comentar el accidente, aunque no olvidaron su final.

Una madrugada, el guardián del cementerio entró, como lo hacía todas las noches al terminar su recorrido, al bar cercano.

Era un bar antiguo con un mostrador de madera gastado por los codos de los que por muchos años se habían apoyado en él, como ahora lo hacía don Julián, que se sentó y pidió una ginebra; su voz temblorosa hizo que el dueño del bar lo mirara con mas atención que de costumbre.

-¿Hombre, que te ocurre? ,le preguntó.

-Nada, nada, respondió nervioso, bebiendo de un trago la bebida e indicándole que le sirviera otra.

-Pues no lo parece, vamos hombre cuenta...

-Para que, no me vas a creer... te cuento pero no lo comentes con nadie, se creerían que estoy loco, pero yo sé bien lo que vi. Estaba recorriendo el cementerio haciendo la última ronda, cuando a llegar cerca de las tumbas de los mellizos Iruzta... bueno esta es una noche clara, la luna ilumina todo, está despejado... bueno pero sobre las tumbas había algo... algo como una neblina, que parecía envolverlas. Era como si la niebla saliera de los mármoles, era una niebla, no sé, luminosa. Sírveme otra copa, por favor...

-Que raro, creo que te los imaginaste, te habrás quedado dormido y soñaste.

-Te dije que no me creerías, olvídate de todo, me voy a dormir.

Pasaron los días y ninguno de los dos volvió a mencionar el tema. Don Julián parecía haber olvidado lo que le había contado y el dueño del café no le dio importancia.

Hasta que una noche, el guardián entró nuevamente al café, más pálido y tembloroso que la primera vez. Sin decir palabra el hombre le sirvió la ginebra y don Julián empezó a hablar, sus palabras salían atropelladas de su boca:

-Sucedió otra vez; en realidad nunca dejó de suceder, todas estas noches esa niebla brillante aparece sobre las tumbas y permanece allí... y es como si esa niebla fuera tomando formas, formas distintas cada noche... formas que cada vez se parecen mas a las sombras de dos personas, la sombra que dejamos en las noches lunas llena, cuando caminamos por una calle solitaria. Son dos sombras, una muy blanca y brillante, la otra es oscura. no se tal vez me esté volviendo loco, olvida todo, olvida todo... terminó de hablar casi con un gemido.

El otro hombre lo escuchó en silencio, escéptico, su natural desconfiado lo hacía descreer de cosas como las que estaba escuchando, pero estaba impresionado por el estado en que don Julián se encontraba.

-Me voy, tengo que pensar, algo tengo que hacer con esto que me está pasando, dijo mientras se levantaba y se dirigía hacia la puerta.

-Aguarda, no podés irte así, espera, estoy pensando... no es que me guste la idea, pero si querés... si eso te tranquiliza, mañana a la noche cierro el bar más temprano, total no hay muchos parroquianos a estas horas, y te acompaño en tu última ronda ¿ es sólo en esa última ronda que vez eso que dices?.

Don Julián asintió con la cabeza.

-Bueno lo haremos mañana, vemos de que se trata, tiene que haber una explicación lógica a eso que estás viendo, ya veremos, ahora andá a tu casa y tratá de descansar.

A la noche siguiente, el hombre cerró temprano el bar y partió rumbo al cementerio. La luna brillaba intensamente, mientras recorría las calles desiertas. Todo estaba silencioso y mientras caminaba pensaba que tal vez su oferta había sido muy generosa, pero poco atinada. En la puerta del cementerio, bajo la blanca arcada, estaba esperándolo don Julián, desencajado. Traspusieron la puerta y comenzaron a recorrer las callecitas internas del cementerio, bordeadas de tumbas y árboles añosos.

Cuando estaban por llegar a la tumba de los Iruzta se detuvieron en seco. Tal como don Julián había relatado, una niebla brillante aparecía en un solo sector del cementerio. Eran dos figuras translúcidas que parecían suspendidas en el aire, sobre las tumbas de los jóvenes. Eran figuras extrañas, no podían darse cuenta de lo que realmente estaban viendo. Paralizados vieron como una de las sombras se volvía blanquísima, mientras la otra se oscurecía, más y más. Deseaban huir de ahí, pero al mismo tiempo la curiosidad los paralizaba. Las figuras parecían moverse, como si una suave brisa las agitara. En realidad, las figuras se estaban acercando una a la otra, extendían los brazos y se tomaba de la mano.

Ante la atónita mirada de los dos hombres, las figuras sin duda eran las de un hombre y una mujer, el vestido de negro y ella con un largo vestido blanco y un velo que le cubría los cabellos y se arrastraba sobre la tumba. Tomados así de la mano permanecieron mientras los dos hombres se alejaban presurosos, en silencio.

Fueron a la casa de don Julián, que sacó de un armario un vaso de vino y sin palabras sirvió dos vasos. Se miraron y ninguno de los dos se atrevía a hablar. No podían poner en palabras lo que habían visto, era demasiado inverosímil, pero sin embargo, no podían negarlo, ambos los habían visto. Eran los hermanos Iruzta, sus fantasmas, sus espectros, pero estaban vestidos como una pareja de novios ¿qué significaba eso?...

Permanecieron largo rato en silencio y se despidieron cabizbajos. Nunca comentaron con nadie lo que habían visto.

 

© Angela Rossi
 
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