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A Varela lo mató el hincha

Son las vueltas que tiene la vida, cuando te cruzás con el destino y tenés que elegir entre lo correcto y lo que te hace feliz. Y a veces esa elección, te hace feliz pero te deja marcado de por vida. Eso es lo que le pasó a Varela, que ahora anda siempre en el Bar de Juan, borracho y sin poder darle un sentido a su vida.

Clemente Varela fue en su época el mejor árbitro que supo tener el fútbol argentino, y hasta me animo a decir que uno de los mejores a nivel mundial. Con tan solo 18 años comenzó a impartir justicia en las canchas de fútbol.

Varela era correntino, así que como todos, empezó a formarse de abajo, dirigiendo en la liga de su Corrientes natal. Al principio le daban partidos de poca importancia, como todos los que empiezan y deben pagar su derecho de piso.

Pero Varela demostró que era diferente. Recién en su tercer partido, le hizo ver a la gente que el era único. Jugaban los dos últimos del torneo y quien perdiera se iba a ir al descenso. Eso es exactamente lo que se llama un partido “chivo”. Iban 0 a 0, el encuentro se encaminaba hacia los penales. Pero faltando un minuto, un delantero del visitante se escapa a toda velocidad por la derecha y al ingresar al área, el defensor local que era realmente torpe, lo tocó apenas atrás, fue imperceptible. Y los que tenemos un poco de fútbol, sabemos que un penal discreto en el último minuto y contra el local, no se cobra. Pero Varela demostró que era único, y sancionó la pena máxima. Se le fueron al humo todos. Desde los jugadores hasta el aguatero, quisieron increpar a Varela. Incluso hay quienes dicen que le ofrecieron dinero para que revea su sanción. Pero él, se encaminaba para ser el mejor, y tenía su objetivo bien en claro, la honestidad y la capacidad son las dos condiciones primordiales que debe tener un referí. Echó del campo al técnico, a su ayudante y al aguatero, y le mostró la desagradable tarjeta roja a tres jugadores del local. El penal lo pateó el “Mono” Méndez que era el diez del equipo visitante, y lo convirtió. 1 a 0 y a las duchas. El local había descendido, y el visitante iba a poder disfrutar de un año más en la máxima categoría del futbol correntino, porque Varela demostró ser el mejor.

La inolvidable actuación de Varela llegó a las autoridades correntinas, que obviamente lo premiaron con partidos más importantes para el próximo año.

Así fue que Varela, el mismo borracho que uno puede ver ahora en la barra del Bar de Juan, empezó a demostrar su capacidad en partidos en los que se enfrentaban los equipos más poderosos de la provincia.

Era un héroe local. Y para un árbitro eso no es nada fácil, son mas insultados que felicitados, son mas odiados que idolatrados. Pero Varela era diferente. Era único en su especie. Los niños en la plaza, no jugaban a ser el delantero goleador de River o Boca, no soñaban con ser Maradona, no se vestían con una banda roja cruzándoles el pecho o con la azul y oro. Los pibes se vestían de negro y se turnaban para arbitrar los partidos y gritaban “Yo soy Clemente Varela”, y repartían amarillas y rojas para todos.

Una tarde de verano, estaban unos chicos despuntando el vicio en el potrero, y ninguno se dio cuenta que Varela estaba mirando atentamente el partido. Una pelota pegó en el travesaño y cuando picó nadie pudo establecer si fue adentro o afuera. Los pibes comenzaron a discutir, a los gritos, porque los chicos los partidos de potrero lo sienten como la final del mundo. Varela miraba atentamente, y ellos seguían sin percatarse de su presencia. La discusión comenzó a ponerse cada vez más calurosa y algunos chicos comenzaron a empujarse. Varela dejó caer su cigarro al piso y comenzó a caminar hacia la cancha. Cuando los chicos comenzaron a percatarse de su presencia, sus ojos se pusieron redondos y sus bocas quedaron completamente abiertas. Los miró fijó y dijo: “Fue gol”, se dio media vuelta y se fue. Demás esta decir que los chicos convalidaron el gol, no siguieron discutiendo, se pidieron disculpas y reanudaron el partido, aunque ninguno de ellos pudo salir de su asombro.

Pero el momento de inflexión en la carrera de Varela fue cuando tras tres años de dirigir en la liga correntina, tuvo que dirigir la final entre los dos equipos más importantes del momento. Se definía el campeón y la gente se entusiasmaba con el partido, y por supuesto con Varela al que nunca le cantaron el famoso “Varela hijo de p… la p… que te parió” que han sufrido todas las madres de los árbitros.

Varela no lo sabía pero el partido lo estaba viendo el Presidente de la Asociación de Arbitros, quien ya había sido alertado de un árbitro único, honesto, brillante y que nunca había recibido un insulto, sólo algunas protestas como en aquel partido que cobró el penal en el último minuto y sentenció el descenso del equipo local.

El partido era picante, y estaba 2 a 2. Varela había expulsado a dos jugadores de cada equipo, que por supuesto se habían ido a las duchas sin protestar. Y para la incredulidad de muchos, otra vez se dio la misma situación que tres años atrás. A un minuto del final, hubo un discreto penal a favor del visitante. Un defensor del local había agarrado levemente de la camiseta al delantero que intentaba cabecear. Varela, fiel a su estilo, convalidó el penal para el visitante. En ese momento, luego de que sonará el pito y Varela señalara el punto penal, se hizo un silencio. Fueron diez segundos en lo que se esperaba que por primera vez en su carrera, el héroe local sufriera el cantito que sufren todas las madres de los árbitros. Pero no, la hinchada local reconoció la capacidad de Varela, y como ya se ha dicho que su palabra era santa, comenzó a aplaudir la decisión del juez. Luego toda la cancha ovacionó a Varela, y los mismos jugadores reconocieron el acierto y comenzaron a estrechar su mano derecha. El penal fue convertido en gol, y el visitante logró la agónica victoria por 3 a 2 que le significó ganar por tercera vez consecutiva la liga correntina. Varela fue sacado en andas del estadio.

Esa misma noche, estaba degustando un rico cordero en un restaurante famoso de Corrientes. La gente se acumulaba para mirar y ovacionar a Varela, que firmaba autógrafos y se sacaba fotos con todos. En ese mismo momento, apareció Juan Carlos Arregui, el Presidente de la Asociación de Árbitros, quien se acercó hacia la mesa para felicitarlo por su gran actuación en la final.

Además de todas sus virtudes como referí, Varela era un caballero, así que ordenó que pusieran un plato más para que Arregui lo acompañara a él y su mujer, y pudiera comer ese delicioso cordero. Arregui aceptó con gusto, y disfrutaron de una cena que Varela no olvidara jamás, pese a que ahora tanto whisky en el Bar de Juan le haya borrado algunos recuerdos.

La cena se extendió por horas, y en la cuarta ronda de café, Arregui dijo: “Clemente, ¿Usted cree que podría mudarse a la capital, para ser juez de línea en la Primera División?”

- Señor, es el sueño que he alimentado por años.

Así fue que Varela se dirigió al otro día hacia la Capital, donde iba a tener la posibilidad de ser juez de línea en la Bombonera, en el Monumental y en todos los gloriosos estadios de la Primera División del fútbol argentino.

Toda la ciudad se juntó para despedirlo. Le prepararon carteles, cantitos y todo tipo de ovaciones para el gran árbitro correntino. En una interminable ronda de aplausos, el micro arrancó hacia la capital, Varela miró por la ventana y se sacó el sombrero, en un signo de agradecimiento para su gente, para su ciudad y para el fútbol.

Sería mentira decir que en sus primeros dos años como juez de línea, Varela no fue insultado. Porque el fútbol grande de la Argentina es distinto. Un árbitro nunca podría ser héroe. Así que por primera vez en su vida, Pocha, la madre de Varela, tuvo que escuchar en un estadio el famoso “hijo de p…” que le pronunciaron mas de una vez, en su nuevo rol como juez de línea. Pero de todas formas era respetado por muchos hinchas, por casi todos los jugadores, por sus colegas, y por sobre todas las cosas por las autoridades.

Varela, dicen los expertos que fue el mejor de todos, superior a sus antecesores y a sus sucesores. Tan notables fueron sus actuaciones, que en su tercer año como juez de línea, Varela fue ascendido a árbitro de la Primera División del Fútbol Argentino.

Al igual que sus inicios en Corrientes, dirigió los partidos en los que jugaban equipos más chicos. Y su carrera comenzó a ser calcada a la que hizo en su ciudad natal.

Chacarita y Ferro iban a definir el descenso. Quien perdiera ese partido, bajaba a la segunda división. Varela dirigió ese partido. Muchos de sus fans de Corrientes viajaron hacia San Martín, al estadio de Chacarita para ver a su ídolo, para apoyar a Varela.

Como en una película que repite sus escenas, faltando un minuto y con el partido empatado en cero, hubo un leve penal a favor de Ferro, que Varela fiel a su estilo convalidó. No se podrá decir que la hinchada de Chacarita tomó esta decisión como los hinchas correntinos aquella vez. Los oídos de Pocha ardían, y esta vez también los de su tía, su abuela y todos sus familiares. Fueron cinco minutos de protesta y de insultos que llovía por todos los costados del estadio. Varela, honesto y riguroso, expulsó al técnico, al aguatero y a dos jugadores de Chacarita. La gente comenzó a ponerse violenta y quería ingresar a la cancha para agredir a Varela.

Una vez que se calmaron los ánimos, Ferro convirtió el 1 a 0 de penal y se quedó en la Primera División, relegando a Segunda a Chacarita. Varela tuvo que abandonar el estadio en patrullero. Pero el tenía su conciencia muy tranquila, porque sabía que había actuado correctamente. El periodismo habló maravillas de Varela, “IMPECABLE” fue uno de los titulares que recibió su actuación. Las autoridades de la Asociación de Árbitros sabían que tenían un diamante en bruto en sus filas.

Así fue que Varela comenzó a dirigir los partidos más importantes del fútbol argentino. Lo seguían insultando las hinchadas, aunque todos cuando se enteraban que a su equipo lo dirigía Varela, respiraban calmos por su intachable carrera.

Nadie sabía que Varela era un hincha fanático, prácticamente enfermo de River. Los únicos que lo sabían eran sus familiares y amigos, pero que se iban a llevar ese secreto a la tumba.

El Monumental estallaba de gente, se definía el campeonato entre River y Boca. Si los millonarios ganaban, conseguían el titulo, y a los xeneizes les alcanzaba con un empate. Por sus impecables actuaciones, Varela fue designado para dirigir ese encuentro. Era el partido más importante de su vida, era uno de los más importantes en la historia del fútbol, y era sabido que si Varela dirigía como de costumbre iba a ser designado como árbitro internacional y le iba a poder demostrar a todo el universo como era eso de arbitrar, ya que iba a ser designado como referí en la próxima Copa del Mundo de la FIFA.

Cuando salió a la cancha, la gente gritaba, tiraba papelitos y alentaba a sus equipos, Varela pudo entender porque a ese partido lo denominan “Super Clásico”. Una sensación extraña recorrió su cuerpo, cuando River salió a la cancha. Nunca lo iba a aceptar pero tenía ganas de estar gritando por su River, insultar a todos los de Boca y revolear su camiseta luego del partido para festejar el título. Pero él era intachable, honesto y no se iba a dejar llevar por sus sentimientos.

River ganaba por 1 a 0. Boca no paraba de atacar en busca del empate, resultado que lo consagraba campeón. La victoria peligraba ya que los jugadores de River estaban agotados y no parecía que pudieran mantener el resultado. Varela adicionó tres minutos. A los 47 del segundo tiempo, su película se repitió, un delantero de Boca ingresó al área y estaba a punto de marcar el gol que significaría el título para Boca, pero un defensor lo cruzó con una patada a la altura de la rodilla. Como se dice, fue un penal más grande que una casa. El delantero de Boca sufrió rotura de ligamentos, el penal era inevitable. Pero a Varela le corrió otra vez esa extraña sensación por el cuerpo, y decidió no cobrarlo aunque sabía que había sido penal.

La hinchada de Boca empezó a insultarlo en todos los idiomas y cuando se les acabaron los adjetivos para defenestrar a Varela comenzaron a tirarle las butacas. En ese instante Varela dio por terminado el encuentro. “River Campeón”, gritaban los relatores de radio que comenzaron a asombrarse al ver que el árbitro se sacaba la remera, comenzaba a revolearla y fue al encuentro de los jugadores de River, los comenzó a abrazar y les decía: “Gracias, por romperles el…… alma”, nunca había dicho una mala palabra y no la iba a decir ahora tampoco.

Las autoridades incrédulas lo expulsaron de la Asociación de Árbitros y nunca pudo volver a dirigir. Ahora pasa las noches, en el Bar de Juan bebiendo sus ocho whiskys diarios mientras repite una y otra vez, con su cigarro en la mano: “A Varela lo mató el hincha”.

 

© Alejandro de Speluzzi
 
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