Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El escenario

La casa era grande y vieja. La vieja, anciana y arrugada.

-Tus ojos son más brillantes que los míos- le decía la niña.
-Porque vieron más.
-Pero son viejos ¿Por qué brillan?
-Lo mismo que reluce el empedrado en las calles antiguas, por el uso de las pisadas- respondió la anciana.

La noche cubrió el patio y los sillones. Las ráfagas finas del invierno penetraron en el dormitorio, como danzarinas de hielo deslizándose bajo las coloridas colchas riojanas. Luego se irían alejando ligeramente a través del enrejado de la entrada.

La niña caminó por el tiempo que avanzaba sobre aquel escenario. El de una alta puerta donde marcaba con tiza el borde de su cabeza. Un color diferente señalaba el crecimiento de cada año. Frente suyo, el patio extendíase con sus macetas rojas y un cántaro de agua destacado en el centro, prodigaba su frescura. Detrás de él, un pasillo angosto y húmedo llevaba hasta el fondo con piso de ladrillos. Era una casa con habitaciones enfiladas,  cual un camino en línea recta.

El tiempo caminó. Una anciana cerró los ojos. Caras nuevas la rodearon.

-Abre los ojos detrás de esta ventana ¿Ves el mundo?- le dijo una de ellas.
-Abre los ojos y mira estas habitaciones con sus colores nuevos ¿Ves el mundo?- observóle la segunda.
-Abre los ojos y mira el cielo cubierto de pájaros ¿Ves el mundo?- le indicó la última señalándole la marca de humo que un avión dejaba como huella de su fugaz presencia.
-¡Quiero ese mundo!- gritó la niña con alegría -Sólo conocía esta verja que tiene los pigmentos enmohecidos desde hace años...
-Lo tendrás, pero desde nuestra mano- le contestó la primera de aquellas caras.
-Lo tendrás, pero desde nuestra boca- opinó la segunda.
-Lo tendrás, pero mirando a través de mi espejo- concluyó la tercera y le extendió el instrumento que ella llevaba adherido a su cuello.

La niña lo tomó. Su imagen lloraba a través del reflejo cubierto por un velo gris y opaco. Observó a las mujeres que le hablaban, comprobando que una nebulosa cubría sus miradas. Arrojó ese espejo contra el suelo... y mientras las otras recogían los restos entre gemidos de ira, ella apartó el cerrojo de la verja.

-¿Dónde hay una alegría? ¿En qué rincón de esta ciudad que ha demolido sus recuerdos?
-...más adelante de ella...- le contestó el susurro de una voz.

Se alejó la niña con rapidez hacia el otro extremo de la calle...sola. Y pudo desde allí contemplar como caían las paredes bajo el martillo del albañil. La voz de la vieja le seguía susurrando:

-...Más adelante de ella...sobre el mismo suelo, sobre el mismo lecho del río milenario y seco, donde se halla edificada esta ciudad...más adelante...

Caminó nuevas cuadras y cuando el sol llegaba al centro del firmamento leyó el nombre de la calle. Llevaba el título de: "Alegría"... Su piso era el pavimento.

© Alejandra Correas Vásquez