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La basura y yo

 

–Te llamé para que vieras lo que hace tu hermano –dijo por teléfono una vecina a mi hermana Isis– No veo nada anormal en él, se vistió como de costumbre bien temprano y fue a bajar la basura.

–Ponte pa’ esto, mi amiga, y sale para el balcón.

 

Mi hermana, con el teléfono en la mano, abrió una ventana y se puso a observarme mientras por el auricular seguían llegando palabras que la preocupaban:

 

–No puede ser, si hace eso es porque está loco.

–Pues mira, parece que la mujer lo dejó trastornado – Volvió a decir la vecina que vivía en la planta de abajo de otro edificio a escasos metros de la esquina.

 

Antes de destapar el contenedor de basura, saqué  una tela de mi bolsillo y comencé a fregar el contenedor con esmero.

 

–¿Qué está haciendo ese? –preguntó mi hermana que observaba mis pasos.

–Te lo dije, y eso no es todo –recalcó la insidiosa vecina a través del teléfono.

 

Al terminar besé el contenedor, y con delicadeza coloqué dentro los desperdicios domésticos. Antes de retirarme le di las gracias por estar en su lugar y servirme.

 

–Buenos días –dijo Primitivo, un trabajador de comunales que barría a diario la zona. Siempre me sorprendía en las pláticas con el tanque.

 

Nunca se burló, ni armó comentario al respecto, se hizo buen amigo.

 

–Buenos días, amigo mío –contesté brindándole un poco de café caliente que llevaba en una caneca en un bolsillo del pantalón– no te lo tomes todo que faltan los compañeros del camión de recogida –volví a decirle.

–El camión no va a pasar hoy, está roto.

–¡No me digas! ¡No puede ser! –me aterró el pensar que volvería a sufrir la pesadilla que había vivido en Nueva Gerona. No pude con mis piernas y tuve que sentarme en el contén de la acera. Primitivo se asustó, y al verme palidecer fue en busca de mi hermana.

–¿Qué te pasó, mi hermano? Vamos, vamos al médico –dijo Isis al llegar.   

–No hace falta, ya estoy recuperado.

–Dime, hermano ¿Qué te hizo esa mujer que has venido así? –preguntó mientras se sentaba a mi lado.

–Mi problema no fue con ella, sino con el “señor de la basura”. Por culpa de él, el número cuatro me separó de mi familia.

 

Primitivo y mi hermana no entendían mis palabras. Me creían loco, sus miradas delataban su pensar. Sonreí mi dolor, tomé a mi hermana por una de sus manos, ella volvió a preguntarme:

 

–¿Tú no te divorciaste de tu mujer?

–No, lo triste es que nos queremos. Aquí no tengo donde vivir con ella, y de allá me botaron.

–¿Quién te botó de la Isla, mi hermano? ¿Porqué no nos has contado lo que te pasó?

 

Primitivo se mantenía atento a la conversación absteniéndose de hacer preguntas.

 

–El número cuatro, que se aprovechó de mi altercado con el “señor de la basura” para expulsarme y prohibirme la entrada en el  municipio.

–¿Quiénes son esos señores tan poderosos?

–Mejor te cuento todo el problema, para que puedas entender –respondí.

 

Habíamos sido rodeados por varios vecinos que habían ido en mi auxilio, y se quedaron a oír mi historia.

 

–En los primeros meses de estancia en la casa de mi suegra, que era dónde vivía, me mantuve al margen de los asuntos domésticos, siempre estaba absorto en mis poemas. Con el paso del tiempo me vi en la obligación de asumir algunas obligaciones. Los desperdicios domésticos pasaron a mi responsabilidad.

–Puedes  irte a trabajar tranquila que me encargo de botar la basura –le dije a mi esposa cuando se disponía a llevar a nuestra hija al circulo infantil.

 

Me quedé solo en casa. Después de escribir un rato en la computadora y antes de que su encanto me adormeciera, salí con una pequeña jaba de nylon llena de basura e intenté botarla. Al llegar a la esquina no vi tanque ni contenedor alguno, por un rato husmeé los alrededores y al no encontrar lo que buscaba pregunté a un vecino. Éste señaló con su dedo hacia nuestro frente y me

respondió:

 

–Coge por esta calle recta y lo vas a ver al final. 

 

Crucé la calle treinta y dos, siguiendo su transversal, pero por mucho que caminé no encontré tanque alguno.

“No puede estar tan lejos, déjame preguntar a ese que está allí” me dije a la vez que me acercaba a una escuela de deportes.

 

–Muchacho ¿Me puedes decir dónde está el tanque?

–Puro, todavía te falta un poquito. Dobla en la esquina y sigues hasta la entrada de Saigón, cuando llegues al entronque sube calle arriba, el tanque lo vas a tener al frente.

 

Así lo hice, cuando llegué al entronque me detuve a meditar: “por eso mi suegra se quiere quitar el problema de la basura ¡Claro! Mejor manda al que no es de su sangre antes de mandar a su hijo ¡Qué se reviente caminando el extraño! Lo voy a hacer hoy porque se lo prometí a mi mujer”: Doblé calle arriba y caminé un buen trecho hasta llegar a la falda de una loma, donde había un inmenso tanque de agua, mucho más grande que dos que había dejado por el camino, pero el que buscaba no estaba. Debajo de éste intenté dejar la jaba, pero un inspector salido de la nada lo impidió, me aplicó un decreto ley por arrojar basura en la vía pública. Con mi jaba de desperdicios viré para la casa, era casi la hora de llegada de mi esposa por lo que la oculté debajo de la cama.

 

–Mi vida ¿botaste la basura? –fue lo primero que dijo al llegar.

–Si.

–¡Qué extraño! El carretón de la basura viene por ahí.

–¿Cómo que el carretón? –pregunté asombrado.

–Si, el carretón de la basura lo dejé atrás cuando venía. Yo no sé dónde tú la habrás botado, pero por no oír a mi madre pelear, no me interesa lo que hiciste con ella.

 

Había caminado casi diez kilómetros por gusto. No me atreví a contarle lo sucedido, el cartel de ridículo no me gustaba, opté por callar y esperar el carretón el siguiente día. Al llegar mi suegra, en lo primero que recabó fue en la basura, al ver que esta no se encontraba se mantuvo relajada el resto del día,

pasamos una noche de feliz convivencia. Amaneció y la rutina volvió a nosotros. Mi esposa se despidió con un beso y con una jaba  llena de desperdicios a la vez que decía:

 

–Mi vida, acuérdate de tu tarea, de eso depende nuestra tranquilidad.

 

Estuve pendiente todo el día del carretón, cada vez que sentía los cascos de algún caballo sobre el asfalto o el crujir de un coche bajaba las escaleras con mis dos bolsas de basura. Al llegar la tarde y mi esposa, mis piernas me pesaban. La recibí tendido en la cama.

 

–¿Te sientes mal? –preguntó al verme acostado.

–No, estoy cansado.

–¿Escribiste mucho? –volvió a preguntarme.

 

Mi respuesta fue una sonrisa irónica, después le conté lo difícil que se hacía identificar el carretón de la basura. De pronto se escuchó el sonar de una campana.

 

–Oye, mi amor, ese es el carretón, siempre toca una gangarria, y corre, que está cerca y él no espera mucho.

Corrí escaleras abajo, deteniéndome en el borde de la calle, ahí esperé un buen rato hasta que mi esposa gritó:

–Sube que fue una farsa alarma, él pasa primero por la calle de atrás.

 

El carretón pasó por la calle de atrás, por la de los costados y por varias más siempre sonando su campana. Bajé tantas veces como sonó ésta. Cuando le tocó a mi infortunada calle, me pare nuevamente al borde de la calle, el carretón estaba a unos treinta o cuarenta metros, recibía la basura de los inquilinos de un edificio, pero no tuve fuerzas para llegar. Al concluir la recogida del lugar, volteó el carretón y dio media vuelta, pero antes hizo unas señas con sus manos indicándome que estaba lleno, y que le esperara que viraba. Parado en el borde de la calle comí esa noche, el carretón no viró. Me puse de acuerdo con mi esposa y escondimos la basura dentro del cuarto para poder tener otra noche de buena convivencia.

 

Al otro día con más experiencia en el asunto de la basura me puse a descansar por la mañana, por la tarde me dediqué a esperar el carretón, pero no pasó.

 

Teníamos en el cuarto varias jabas de nylon llenas de desperdicios dentro de un saco. Esa noche casi no pudimos dormir, los ratones habían descubierto nuestro basurero particular y se pusieron a merodear debajo de la cama, temíamos por la integridad de nuestra hija, por lo que me mantuve en vela. Por la mañana, al irse mi esposa, esperé despierto la partida de mi suegra para sacar el saco  de abajo de la cama. Salí con él al hombro y al llegar a la calle treinta y dos me detuvo un patrullero.

 

–Ciudadano, ¿usted no es de la zona?

–No.

–¿Y qué hace aquí y con ese saco tan temprano al hombro? Identifíquese y ponga el saco en el suelo.

 

El saco lo tiré al suelo, y entregué mi identificación. Mientras uno de los policías chequeaba mis antecedentes, el otro me requisaba. Después revisaron el saco.

 

–La primera basurita que vea regada por la zona, lo salgo a buscar ¿está claro, Habanerito? –me dijo amenazante el jefe del carro al ver lo que contenía el saco.

 

Respondí moviendo mi cabeza afirmativamente, mis intenciones eran dejarlo en cualquier lugar, pero el encuentro con la policía me hizo desistir. Viré con el saco a cuestas y esperé la tarde sentado sobre él. Mi espalda la recosté en la cerca de la casa de abajo, allí dormité por ratos, hasta que sentí las campanadas del carretón, al incorporarme ya era tarde, lo tenía a unos tres metros pasado del frente de la casa. El “señor de la basura” al no ver a nadie parado en el borde de la calle, como era costumbre, no detuvo la marcha del caballo y siguió rumbo, por mucho que grité no hizo caso. Sentado sobre el saco me sorprendió mi suegra, que llegó más temprano del trabajo que de costumbre. Al enterarse de lo que contenía el mismo me dijo:

 

–¡Cojones! ¡Por eso es la ratonera que hay dentro de la casa!

 

Mi respuesta fue más ofensiva, nos enfrascamos en una terrible discusión, a la que se sumó mi esposa que también llegaba.

 

–No seas injusta, mami, que el no tiene culpa, y respeta para que te respeten.

–¿Que respete? Lo que tiene que hacer es no comer tanta mierda y dejar a un lado los poemitas. ¡Qué se ponga pa’ esto!

–Oiga, suegra, escribir es mi trabajo, no le permito... –fui interrumpido por ella.

–La que permite o deja de permitir en mi casa soy yo ¡Y hasta que no te deshagas de esa basura no entras más! –sentenció la dueña.

 

Después de éste altercado, me senté junto al saco y mi esposa debajo de una mata de mango cerca de la casa, disipamos la angustia jugando con nuestra hija. Comimos unas cuantas croquetas y varios panes con salpicón. Al llegar la noche a duras logré que mi esposa se fuera a dormir para su casa, la existencia de nuestra hija fue el elemento persuasivo. Esa noche la pasé junto al saco de basura sentado en la calle treinta y dos. No tenía dinero para alquilarme en ningún sitio, ni familia, ni tan siquiera un amigo en toda la Isla que me brindara cobija. Me sentía vigilado por los inspectores, acosado por la policía y rechazado por la familia de mi esposa. No me quedó otra alternativa que trazar un plan magistral para deshacerme de los desperdicios. Cuando amaneció, a mi alrededor aparecieron varias jabas de desperdicios, una de ella era de la casa de mi suegra, pude reconocerla porque llevaba mi nombre y apellidos, en ella había llegado la última pacotilla mandada por mi hermana que vivía en España. Nuevamente el patrullero pasó temprano, pero esta vez aparte del saco, me sorprendió rodeado de jabas.

 

–Ciudadano  ¿Usted no pensará hacer un vertedero ilegal aquí? –me dijo el jefe del carro, que se detuvo a mi lado. Era el mismo policía del día anterior.

–No, despreocúpese que ahora mismo recojo todas estas jabas y las meto en el saco. –respondí algo asustado.

 

El saco quedó perfectamente parado y lleno hasta su boca, tomando una altura de un metro treinta centímetro aproximadamente. El patrullero al ver que recogí el  lugar se marchó de mi lado. El volumen del saco y su peso complicaban mi plan, con mucho trabajo logré cumplir la primera parte del mismo, después me puse al acecho.

 

Bien entrada la tarde, cuando ya estaba por oscurecer, apareció el carretón por la zona. Esperé el justo momento para lanzar el saco de basura desde un árbol que invadía con una de sus ramas la calle por donde transitaba el carretón. Pero el peso de éste reventó las costaneras del mismo, desperdigándose toda la basura al suelo, el caballo al sentir el estruendo se desbocó lanzando al piso al “señor de la basura” que quedo inconsciente, en su loco trotar atravesó la calle treinta y dos, donde arremetió contra un ómnibus, era la ruta cuatro, y el único carro disponible para dicha ruta. Asustado cogí monte. No pasó mucho tiempo para ser apresado, me convertí en un abrir y cerrar de ojos en el más buscado de todo el municipio. Con la ayuda de mi esposa y de mi suegra salí con una fianza de la cárcel. 

 

Ya en la casa me quitaron toda la responsabilidad de la basura. Mi tranquilidad duró poco, pues no había hecho nada más que  asearme cuando llegó el jefe de sector, que me llevó para su oficina, mi esposa me acompañó. Ahí se armó una fuerte discusión entre los tres.

 

–¡Usted no tiene derecho a botar a nadie de este municipio! –le dijo mi esposa.

–Yo soy el número cuatro, y no quiero ver más a este ciudadano en mi circunscripción, él es un peligro para la comunidad que está bajo mi cuidado  –respondió el oficial.

–La culpa de lo sucedido no fue mía, sino de esos carretoneros que hacen lo que se les antoja. Nadie les pone freno –dije rebatiendo los argumentos del jefe de sector.

–Entonces, decidiste convertirte en el vengador anónimo, agrediste al carretonero, todavía está en cuidados intensivos, dejaste a la ruta cuatro sin carro, y a todo el personal que se servía de ella sin transporte, además de lesionar a más de cinco personas en el ómnibus.

 

Dígame, ciudadano ¿Cree usted que me voy a quedar con los brazos cruzados, cuando tengo al enemigo público número uno en mi zona? Su pasaje de regreso está en mis manos, se va en la primera lancha que salga. En cuanto a usted, señora, lo siento mucho pero puede ir a donde le plazca a reclamar, pero yo, el número cuatro, no

quiero a este ciudadano en el municipio.

 

Terminé la historia llorando y abrazado a mi hermana. Los vecinos pulían con sus prendas de vestir el contenedor de basura de la esquina de mi casa.

 

© Alberto Acosta Brito
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