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En la Tierra de Indalo
(fragmento de novela)

Ya no cantan los pájaros y hasta el aire añora el murmullo de la fuente muerta. Es una cuenca de ojo sin ojo, una oquedad vacía de piedras calcinadas que le pone los pelos de punta. Muy pronto, todo el trozo de desierto se convertirá en una gran tumba de cuerpos inflados y putrefactos y el lobo piensa que no es bueno quedarse arañando el oscuro agujero, esperando la lenta agonía mientras un ejército de hormigas recorre la jungla de su pelo adivinando el festín.

Conviene no correr, sólo un trotecillo corto aprovechando las sombras de las barrancas. Pero el suelo es duro (barro reseco de las últimas lluvias), y no hay plantas, ni cuervos, ni águila, ni huye el zorro ¡mala señal!. La segunda fuente también está seca, el lobo husmea rabioso las piedras y sale enfurecido hacia su última opción: el manantial de la Cuenca.

Llega al atardecer. El cielo se tiñe de rojo por poniente, tímidamente entra la noche las mediasluces duran horas mientras el termómetro desciende a medida que aparecen las estrellas. Es entonces cuando la vida animal despierta de su letargo, los tímidos ratones salen de sus escondrijos, como los zorros y las serpientes que cazan en la oscuridad. Empieza la danza trágica de la supervivencia, con chillidos ahogados, huidas, siseos y miedos, todos ajenos a la belleza que les rodea, con una arena que resplandece como el alabastro bajo los rayos de la luna.

Intranquilo, nervioso, con la mente llena de grotescos pájaros negros y la escopeta en la mano, el cazador espera agazapado entre las matas. Fugazmente pasa una sombra, sin ruido, y el búho interrumpe su canto.

¡Silencio!

Ni el susurro del agua se oye, temerosa y dolida por ser la trampa, el cebo irresistible que ha ideado el rincón más hondo y tenebroso del pensamiento humano.

Cansado, aturdido su olfato por el olor intenso de las hierbas aromáticas, miedoso y sin culpa, con una inocencia de siglos, siempre huyendo del que no comparte nada y destruye lo intocable; el lobo, el último lobo sobre la inmensa tierra dominada, contempla la fuente origen de la vida y manantial sagrado que alimenta a las raíces duras del árbol, espejo de la luna roja que tiñe con purpurina el sendero húmedo del barranco, correr de sangre derramada que bebe la tierra con una sed eterna, y la guarda celosa, y la reparte aquí y allá a todas sus criaturas...

Contempla la fuente con el ardor quemado de la lengua que le cuelga de la boca, y con el corazón pequeño y apretado latiendo fuerte bajo el costillas, deseando el líquido.

Está muy cerca del arroyo cuando algo se mueve y el lobo clava su mirada en la espesura; pero no, tan sólo es un tejón que ha ido a beber al amparo de las sombras.

¡Silencio!

Continua avanzando hacia el agua y cuando quiere darse cuenta ya es demasiado tarde: tropieza con la cuerda y la hoja blanca de cuchillo, brillante como una estrella fugaz, describe un circulo en el aire y entra fría en su costado.

.... como una lengua de hielo que despierta a la garganta, apagando su fuego, liberando el aullido desgarrador que lo ahoga todo, todo en silencio; el silbo de la serpiente en silencio, el graznido del cuervo en silencio, el croar de la rana en silencio, el murmullo del agua en silencio, y la huida loca por el cauce del arroyo, haciendo añicos la luna reflejada, por el camino más fácil, el más previsible, hasta que comprende la trampa y vuelve grupas ladera arriba, buscando el lecho de olas interminables, el campo abierto.

El hombre se encara la escopeta y dispara los dos cañones contra la figura que se pierde en las sombras.

"¡Se escapa! ¡Corre tras él!", le ordena al perro.

Dejan atrás las rocas, saltando sobre las grietas de las enormes piedras del barranco. La noche es despejada y las estrellas brillan como los ojos de los perros.

 

© Manuel López Acosta
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